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Ebooks by authors: A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z 
Valera, Juan / Pepita Jiménez
a ciertos amigos mos, que son sus acreedores, no
quiero hacerme culpado para con Vd. del mismo delito. No faltaba ms
sino que yo voluntariamente incurriese en el enojo de Vd., prestndole
dinero, que no me pagara, como no ha pagado, sino con injurias, el que
debe a Pepita Jimnez.

Por lo mismo que el hecho era cierto, la ofensa fue mayor. El conde se
puso lvido de clera, y ya de pie, pronto a venir a las manos con el
colegial, dijo con voz alterada:

--Mientes, deslenguado! Voy a deshacerte entre mis manos, hijo de la
grandsima...!

Esta ltima injuria, que recordaba a D. Luis la falta de su nacimiento y
caa sobre el honor de la persona cuya memoria le era ms querida y
respetada, no acab de formularse, no acab de llegar a sus odos.

D. Luis, por encima de la mesa, que estaba entre l y el conde, con
agilidad asombrosa y con tino y fuerza, tendi el brazo derecho, armado
de un junco o bastoncillo flexible y cimbreante, y cruz la cara de su
enemigo, levantndole al punto un verdugn amoratado.

No hubo ni grito, ni denuesto, ni alboroto posterior. Cuando empiezan
las manos, suelen callar las lenguas. El conde iba a lanzarse sobre D.
Luis para destrozarle si poda; pero la opinin haba dado una gran
vuelta desde aquella maana, y entonces estaba en favor de D. Luis. El
capitn, el mdico y hasta Currito, ya con ms nimo, contuvieron al
conde, que pugnaba y forcejeaba ferozmente por desasirse.

--Dejadme libre; dejadme que le mate--deca.

--Yo no trato de evitar un duelo--dijo el capitn--. El duelo es
inevitable. Trato slo de que no luchis aqu como dos ganapanes.
Faltara a mi decoro si presenciase tal lucha.

--Que vengan armas--dijo el conde--. No quiero retardar el lance ni un
minuto... En el acto... aqu.

--Queris reir al sable?--dijo el capitn.

--Bien est--respondi D. Luis.

--Vengan los sables--dijo el conde.

Todos hablaban en voz baja para que no se oyese nada en la calle. Los
mismos criados del casino, que dorman en sillas, en la cocina y en el
patio, no llegaron a despertarse.

D. Luis eligi para testigos al capitn y a Currito. El conde, a los dos
forasteros. El mdico qued para hacer su oficio, y enarbol la bandera
de la Cruz Roja.

Era todava de noche. Se convino en hacer campo de batalla de aquel
saln, cerrando antes la puerta.

El capitn fue a su casa por los sables y los trajo al momento, debajo
de la capa que para ocultarlos se puso.

Ya sabemos que D. Luis no haba empuado en su vida un arma. Por
fortuna, el conde no era mucho ms diestro en la esgrima, aunque nunca
haba estudiado teologa ni pensado en ser clrigo.

Las condiciones del duelo se redujeron a que, una vez el sable en la
mano, cada uno de los dos combatientes hiciese lo que Dios le diera a
entender.

Se cerr la puerta de la sala.

Las mesas y las sillas se apartaron en un rincn para despejar el
terreno. Las luces se colocaron de un modo conveniente. D. Luis y el
conde se quitaron levitas y chalecos, quedaron en mangas de camisa y
tomaron las armas. Se hicieron a un lado los testigos. A una seal del
capitn, empez el combate.

Entre dos personas que no saban parar ni defenderse la lucha deba ser
brevsima, y lo fue.

La furia del conde, retenida por algunos minutos, estall y le ceg. Era
robusto, tena unos puos de hierro, y sacuda con el sable una lluvia
de tajos sin orden ni concierto. Cuatro veces toc a D. Luis, por
fortuna siempre de plano. Lastim sus hombros, pero no le hiri.
Menester fue de todo el vigor del joven telogo para no caer derribado a
los tremendos golpes y con el dolor de las contusiones. Todava toc el
conde por quinta vez a D. Luis, y le dio en el brazo izquierdo. Aqu la
herida fue de filo, aunque de soslayo. La sangre de D. Luis empez a
correr en abundancia. Lejos de contenerse un poco, el conde arremeti
con ms ira, para herir de nuevo: casi se meti bajo el sable de D.
Luis. ste, en vez de prepararse a parar, dej caer el sable con bro y
acert con una cuchillada en la cabeza del conde. La sangre sali con
mpetu y se extendi por la frente y corri sobre los ojos. Aturdido por
el golpe, dio el conde con su cuerpo en el suelo.

Toda la batalla fue negocio de algunos segundos.

D. Luis haba estado sereno, como un filsofo estoico, a quien la dura
ley de la necesidad obliga a ponerse en semejante conflicto, tan
contrario a sus costumbres y modo de pensar; pero, no bien mir a su
contrario por tierra, baado en sangre, y como muerto, D. Luis sinti
una angustia grandsima y temi que le diese una congoja. l, que no se
crea capaz de matar un gorrin, acaso acababa de matar a un hombre. l,
que an estaba resuelto a ser sacerdote, a ser misionero, a ser ministro
y nuncio del Evangelio, haca cinco o seis horas, haba cometido o se
acusaba de haber cometido en nada de tiempo todos los delitos y de haber
infringido todos los mandamientos de la ley de Dios. No haba quedado
pecado mortal de que no se contaminase. Sus propsitos de santidad
heroica y perfecta se haban desvanecido primero. Sus propsitos de una
santidad ms fcil, cmoda y _burguesa_, se desvanecan despus. El diablo
desbarataba sus planes. Se le antojaba que ni siquiera poda ya ser un
Filemn cristiano, pues no era buen principio para el idilio perpetuo el
de rasgar la cabeza al prjimo de un sablazo.

El estado de D. Luis, despus de las agitaciones de todo aquel da, era
el de un hombre que tiene fiebre cerebral.

Currito y el capitn, cada uno de un lado, le agarraron y llevaron a su
casa.

* * * * *

D. Pedro de Vargas se levant sobresaltado cuando le dijeron que vena
su hijo herido. Acudi a verle, examin las contusiones y la herida del
brazo, y vio que no eran de cuidado, pero puso el grito en el cielo
diciendo que iba a tomar venganza de aquella ofensa, y no se tranquiliz
hasta que supo el lance, y que D. Luis haba sabido tomar venganza por
s, a pesar de su teologa.

El mdico vino poco despus a curar a D. Luis, y pronostic que en tres
o cuatro das estara don Luis para salir a la calle, como si tal cosa.
El conde, en cambio, tena para meses. Su vida, sin embargo, no corra
peligro. Haba vuelto de su desmayo, y haba pedido que le llevasen a su
pueblo, que no dista ms que una legua del lugar en que pasaron estos
sucesos. Haban buscado un carricoche de alquiler y le haban llevado,
yendo en su compaa su criado y los dos forasteros que le sirvieron de
testigos.

A los cuatro das del lance, se cumplieron en efecto los pronsticos del
doctor, y D. Luis, aunque magullado de los golpes y con la herida
abierta an, estuvo en estado de salir, y prometiendo un
restablecimiento completo en plazo muy breve.

El primer deber que D. Luis crey que necesitaba cumplir, no bien le
dieron de alta, fue confesar a su padre sus amores con Pepita y
declararle su intencin de casarse con ella.

D. Pedro no haba ido al campo ni se haba empleado sino en cuidar a su
hijo durante la enfermedad. Casi siempre estaba a su lado acompandole
y mimndole con singular cario.

En la maana del da 27 de Junio, despus de irse el mdico, D. Pedro
qued solo con su hijo; y entonces la tan difcil confesin para D. Luis
tuvo lugar del modo siguiente.

* * * * *

--Padre mo--dijo D. Luis--, yo no debo seguir engaando a Vd. por ms
tiempo. Hoy voy a confesar a Vd. mis faltas y a desechar la hipocresa.

--Muchacho, si es confesin lo que vas a hacer, mejor ser que llames al
padre vicario. Yo tengo muy holgachn el criterio, y te absolver de
todo, sin que mi absolucin te valga para nada. Pero si quieres
confiarme algn hondo secreto como a tu mejor amigo, empieza, que te
escucho.

--Lo que tengo que confiar a Vd. es una gravsima falta ma, y me da
vergenza...

--Pues no tengas vergenza con tu padre y di sin rebozo.

Aqu D. Luis, ponindose muy colorado, y con visible turbacin, dijo:

--Mi secreto es que estoy enamorado de... Pepita Jimnez, y que ella...

D. Pedro interrumpi a su hijo con una carcajada y continu la frase:

--Y que ella est enamorada de ti, y que la noche de la velada de San
Juan estuviste con ella en dulces coloquios hasta las dos de la maana,
y que por ella buscaste un lance con el conde de Genazahar a quien has
roto la cabeza. Pues, hijo, bravo secreto me confas. No hay perro ni
gato en el lugar que no est ya al corriente de todo. Lo nico que
pareca posible ocultar era la duracin del coloquio hasta las dos de la
maana, pero unas gitanas buoleras te vieron salir de la casa y no
pararon hasta contrselo a todo bicho viviente. Pepita, adems, no
disimula cosa mayor; y hace bien, porque sera el disimulo de
Antequera... Desde que ests enfermo viene aqu Pepita dos veces al da,
y otras dos o tres veces enva a Antoona a saber de tu salud, y si no
han entrado a verte, es porque yo me he opuesto para que no te
alborotes.

La turbacin y el apuro de D. Luis subieron de punto cuando oy contar a
su padre toda la historia en lacnico compendio.

--Qu sorpresa!--dijo--, qu asombro habr sido el de Vd.!

--Nada de sorpresa, ni de asombro, muchacho. En el lugar slo se saben
las cosas hace cuatro das, y la verdad sea dicha, ha pasmado tu
transformacin. Miren el cgelas a tientas y mtalas callando, miren el
santurrn y el gatito muerto, exclaman las gentes, con lo que ha venido
a descolgarse! El padre vicario, sobre todo, se ha quedado turulato.
Todava est hacindose cruces, al considerar cunto trabajaste en la
via del Seor en la noche del 23 al 24, y cun variados y diversos
fueron tus trabajos. Pero a m no me cogieron las noticias de susto,
salvo tu herida. Los viejos sentimos crecer la yerba. No es fcil que
los pollos engaen a los recoveros.

--Es verdad: he querido engaar a Vd. He sido un hipcrita!

--No seas tonto: no lo digo por motejarte. Lo digo para darme tono de
perspicaz. Pero hablemos con franqueza: mi jactancia es inmotivada. Yo
s punto por punto el progreso de tus amores con Pepita, desde hace ms
de dos meses; pero lo s porque tu to el den, a quien escribas tus
impresiones, me lo ha participado todo. Oye la carta acusadora de tu
to, y oye la contestacin que le di, documento importantsimo de que he
guardado minuta.

D. Pedro sac del bolsillo unos papeles y ley lo que sigue:

_Carta del den_.--Mi querido hermano: Siento en el alma tener que darte
una mala noticia; pero confo en Dios que habr de concederte paciencia
y sufrimiento bastantes para que no te enoje y acibare demasiado.
Luisito me escribe, hace das, extraas cartas, donde descubro, al
travs de su exaltacin mstica, una inclinacin harto terrenal y
pecaminosa hacia cierta viudita, guapa, traviesa y coquetsima, que hay
en ese lugar. Yo me haba engaado hasta aqu, creyendo firme la
vocacin de Luisito, y me lisonjeaba de dar en l a la Iglesia de Dios
un sacerdote sabio, virtuoso y ejemplar; pero las cartas referidas han
venido a destruir mis ilusiones. Luisito se muestra en ellas ms poeta
que verdadero varn piadoso, y la viuda, que ha de ser de la piel de
Barrabs, le rendir con poco que haga. Aunque yo escribo a Luisito
amonestndole para que huya de la tentacin, doy ya por seguro que caer
en ella. No debiera esto pesarme, porque si ha de faltar y ser
galanteador y cortejante, mejor es que su mala condicin se descubra con
tiempo y no llegue a ser clrigo. No vera yo, por lo tanto, grave
inconveniente en que Luisito siguiera ah, y fuese ensayado y analizado
en la piedra de toque y crisol de tales amores, a fin de que la viudita
fuese el reactivo por medio del cual se descubriera el oro puro de sus
virtudes clericales o la baja liga con que el oro est mezclado; pero
tropezamos con el escollo de que la dicha viuda, que habamos de
convertir en fiel contraste, es tu pretendida y no s si tu enamorada.
Pasara, pues, de castao oscuro el que resultase tu hijo rival tuyo.
Esto sera un escndalo monstruoso, y, para evitarle con tiempo, te
escribo hoy, a fin de que, pretextando cualquiera cosa, enves o traigas
a Luisito por aqu, cuanto antes mejor.

Don Luis escuchaba en silencio y con los ojos bajos. Su padre continu:

--A esta carta del den contest lo que sigue:

_Contestacin_.--Hermano querido y venerable padre espiritual: mil
gracias te doy por las noticias que me envas y por tus avisos y
consejos. Aunque me precio de listo, confieso mi torpeza en esta
ocasin. La vanidad me cegaba. Pepita Jimnez, desde que vino mi hijo,
se me mostraba tan afable y cariosa que yo me las prometa felices. Ha
sido menester tu carta para hacerme caer en la cuenta. Ahora comprendo
que, al haberse humanizado, al hacerme tantas fiestas y al bailarme el
agua delante, no miraba en m la pcara de Pepita sino al pap del
telogo barbilampio. No te lo negar: me mortific y afligi un poco
este desengao en el primer momento; pero despus lo reflexion todo con
la madurez debida, y mi mortificacin y mi afliccin se convirtieron en
gozo. El chico es excelente. Yo le he tomado mucho ms afecto desde que
est conmigo. Me separ de l y te le entregu para que le educases,
porque mi vida no era muy ejemplar, y en este pueblo, por lo dicho y por
otras razones, se hubiera criado como un salvaje. T fuiste ms all de
mis esperanzas y aun de mis deseos, y por poco no sacas de Luisito un
Padre de la Iglesia. Tener un hijo santo hubiera lisonjeado mi vanidad;
pero hubiera sentido yo quedarme sin un heredero de mi casa y nombre,
que me diese lindos nietos, y que despus de mi muerte disfrutase de mis
bienes, que son mi gloria, porque los he adquirido con ingenio y
trabajo, y no haciendo fulleras y chanchullos. Tal vez la persuasin en
que estaba yo de que no haba remedio, de que Luis iba a catequizar a
los chinos, a los indios y a los negritos de Monicongo, me decidi a
casarme para dilatar mi sucesin. Naturalmente puse mis ojos en Pepita
Jimnez, que no es de la piel de Barrabs como imaginas, sino una
criatura remonsima, ms bendita que los cielos y ms apasionada que
coqueta. Tengo tan buena opinin de Pepita que si volviese ella a tener
diez y seis aos y una madre imperiosa que la violentara, y yo tuviese
ochenta aos como D. Gumersindo, esto es, si viera ya la muerte en
puertas, tomara a Pepita por mujer para que me sonriese al morir como
si fuera el ngel de mi guarda que haba revestido cuerpo humano, y para
dejarle mi posicin, mi caudal y mi nombre. Pero ni Pepita tiene ya diez
y seis aos, sino veinte, ni est sometida al culebrn de su madre, ni
yo tengo ochenta aos, sino cincuenta y cinco. Estoy en la peor edad,
porque empiezo a sentirme harto averiado, con un poquito de asma, mucha
tos, bastantes dolores reumticos y otros alifafes, y sin embargo,
maldita la gana que tengo de morirme. Creo que ni en veinte aos me
morir, y como le llevo veinticinco a Pepita, calcula el desastroso
porvenir que le aguardaba con este viejo perdurable. Al cabo de los
pocos aos de casada conmigo hubiera tenido que aborrecerme, a pesar de
lo buena que es. Porque es buena y discreta no ha querido, sin duda,
aceptarme por marido, a pesar de la insistencia y de la obstinacin con
que se lo he propuesto. Cunto se lo agradezco ahora! La misma puntita
de vanidad lastimada por sus desdenes se embota ya al considerar que, si
no me ama, ama mi sangre; se prenda del hijo mo. Si no quiere esta
fresca y lozana yedra enlazarse al viejo tronco, carcomido ya, trepe por
l, me digo, para subir al renuevo tierno y al verde y florido pimpollo.
Dios los bendiga a ambos y prospere estos amores. Lejos de llevarte al
chico otra vez, le retendr aqu, hasta por fuerza, si es necesario. Me
decido a conspirar contra su vocacin. Sueo ya con verle casado. Me voy
a remozar contemplando a la gentil pareja, unida por el amor. Y cuando
me den unos cuantos chiquillos? En vez de ir de misionero y de traerme
de Australia o de Madagascar o de la India varios nefitos, con jetas de
a palmo, negros como la tizna, o amarillos como el estezado y con ojos
de mochuelo, no ser mejor que Luisito predique en casa, y me saque en
abundancia una serie de catecumenillos rubios, sonrosados, con ojos como
los de Pepita, y que parezcan querubines sin alas? Los catecmenos que
me trajese de por all, sera menester que estuvieran a respetable
distancia para que no me inficionasen, y stos de por ac me oleran a
rosas del paraso, y vendran a ponerse sobre mis rodillas, y jugaran
conmigo, y me besaran, y me llamaran abuelito, y me daran palmaditas
en la calva, que ya voy teniendo. Qu quieres? Cuando estaba yo en todo
mi vigor, no pensaba en las delicias domsticas; mas ahora, que estoy
tan prximo a la vejez, si ya no estoy en ella, como no me he de hacer
cenobita, me complazco en esperar que har el papel de patriarca. Y no
entiendas que voy a limitarme a esperar que cuaje el naciente noviazgo,
sino que he de trabajar para que cuaje. Siguiendo tu comparacin, pues
que transformas a Pepita en crisol, y a Luis en metal, yo buscar o
tengo buscado ya un fuelle o soplete utilsimo, que contribuya a avivar
el fuego para que el metal se derrita pronto. Este soplete es Antoona,
nodriza de Pepita, muy lagarta, muy sigilosa y muy afecta a su dueo.
Antoona se entiende ya conmigo, y por ella s que Pepita est muerta de
amores. Hemos convenido en que yo siga haciendo la vista gorda y no
dndome por entendido de nada. El padre vicario, que es un alma de Dios,
siempre en Babia, me sirve tanto o ms que Antoona, sin advertirlo l:
porque todo se le vuelve a hablar de Luis con Pepita, y de Pepita con
Luis; de suerte que este excelente seor, con medio siglo en cada pata,
se ha convertido oh milagro del amor y de la inocencia! en palomito
mensajero, con quien los dos amantes se envan sus requiebros y finezas,
ignorndolo tambin ambos. Tan poderosa combinacin de medios naturales
y artificiales debe dar un resultado infalible. Ya te le dir al darte
parte de la boda, para que vengas a hacerla, o enves a los novios tu
bendicin y un buen regalo.

As acab D. Pedro de leer su carta, y al volver a mirar a D. Luis, vio
que D. Luis haba estado escuchando con los ojos llenos de lgrimas.

El padre y el hijo se dieron un abrazo muy apretado y muy prolongado.

* * * * *

Al mes justo de esta conversacin y de esta lectura, se celebraron las
bodas de D. Luis de Vargas y de Pepita Jimnez.

Temeroso el seor den de que su hermano le embromase demasiado con que
el misticismo de Luisito haba salido huero, y conociendo adems que su
papel iba a ser poco airoso en el lugar, donde todos diran que tena
mala mano para sacar santos, dio por pretexto sus ocupaciones y no quiso
venir, aunque envi su bendicin y unos magnficos zarcillos, como
presente para Pepita.

El padre vicario tuvo, pues, el gusto de casarla con D. Luis.

La novia, muy bien engalanada, pareci hermossima a todos, y digna de
trocarse por el cilicio y las disciplinas.

Aquella noche dio D. Pedro un baile estupendo en el patio de su casa y
salones contiguos. Criados y seores, hidalgos y jornaleros, las seoras
y seoritas y las mozas del lugar, asistieron y se mezclaron en l, como
en la soada primera edad del mundo, que no s por qu llaman de oro.
Cuatro diestros, o si no diestros, infatigables guitarristas, tocaron el
fandango. Un gitano y una gitana, famosos cantadores, entonaron las
coplas ms amorosas y alusivas a las circunstancias. Y el maestro de
escuela ley un epitalamio, en verso heroico.

Hubo hojuelas, pestios, gajorros, rosquillas, mostachones, bizcotelas y
mucho vino para la gente menuda. El seoro se regal con almbares,
chocolate, miel de azahar y miel de prima, y varios rosolis y mistelas
aromticas y refinadsimas.

D. Pedro estuvo hecho un cadete: bullicioso, bromista y galante. Pareca
que era falso lo que declaraba en su carta al den, del rema y dems
alifafes. Bail el fandango con Pepita, con sus ms graciosas criadas y
con otras seis o siete mozuelas. A cada una, al volverla a su asiento,
cansada ya, le dio con efusin el correspondiente y prescrito abrazo, y
a las menos serias, algunos pellizcos, aunque esto no forma parte del
ceremonial. D. Pedro llev su galantera hasta el extremo de sacar a
bailar a doa Casilda, que no pudo negarse, y que, con sus diez arrobas
de humanidad y los calores de Julio, verta un chorro de sudor por cada
poro. Por ltimo, don Pedro atrac de tal suerte a Currito, y le hizo
brindar tantas veces por la felicidad de los nuevos esposos, que el
mulero Dientes tuvo que llevarle a su casa a dormir la mona, terciado en
una borrica como un pellejo de vino.

El baile dur hasta las tres de la madrugada; pero los novios se
eclipsaron discretamente antes de las once y se fueron a casa de Pepita.
D. Luis volvi a entrar con luz, con pompa y majestad, y como dueo
legtimo y seor adorado, en aquella limpia alcoba, donde poco ms de un
mes antes haba entrado a oscuras, lleno de turbacin y zozobra.

Aunque en el lugar es uso y costumbre, jams interrumpida, dar una
terrible cencerrada a todo viudo o viuda que contrae segundas nupcias,
no dejndolos tranquilos con el resonar de los cencerros en la primera
noche del consorcio, Pepita era tan simptica y don Pedro tan venerado y
D. Luis tan querido, que no hubo cencerros ni el menor conato de que
resonasen aquella noche: caso raro que se registra como tal en los
anales del pueblo.




-III-

Eplogo. Cartas de mi hermano


La historia de Pepita y Luisito debiera terminar aqu. Este eplogo est
de sobra; pero el seor den le tena en el legajo, y ya que no le
publiquemos por completo, publicaremos parte: daremos una muestra
siquiera.

A nadie debe quedar la menor duda en que don Luis y Pepita, enlazados
por un amor irresistible, casi de la misma edad, hermosa ella, l
gallardo y agraciado, y discretos y llenos de bondad los dos, vivieron
largos aos, gozando de cuanta felicidad y paz caben en la tierra; pero
esto, que para la generalidad de las gentes es una consecuencia
dialctica bien deducida, se convierte en certidumbre para quien lee el
eplogo.

El eplogo, adems, da algunas noticias sobre los personajes secundarios
que en la narracin aparecen y cuyo destino puede acaso haber interesado
a los lectores.

Se reduce el eplogo a una coleccin de cartas, dirigidas por D. Pedro
de Vargas a su hermano el seor den, desde el da de la boda de su hijo
hasta cuatro aos despus.

Sin poner las fechas, aunque siguiendo el orden cronolgico,
trasladaremos aqu pocos y breves fragmentos de dichas cartas, y punto
concluido.

* * * * *

Luis muestra la ms viva gratitud a Antoona, sin cuyos servicios no
poseera a Pepita; pero esta mujer, cmplice de la nica falta que l y
Pepita han cometido, y tan ntima en la casa y tan enterada de todo, no
poda menos de estorbar. Para librarse de ella, favorecindola, Luis ha
logrado que vuelva a reunirse con su marido, cuyas borracheras diarias
no quera ella sufrir. El hijo del maestro Cencias ha prometido no
volver a emborracharse casi nunca; pero no se ha atrevido a dar un nunca
absoluto y redondo. Fiada, sin embargo, en esta semi-promesa, Antoona
ha consentido en volver bajo el techo conyugal. Una vez reunidos estos
esposos, Luis ha credo eficaz el mtodo homeoptico para curar de raz
al hijo del maestro Cencias, pues habiendo odo afirmar que los
confiteros aborrecen el dulce, ha inferido que los taberneros deben
aborrecer el vino y el aguardiente, y ha enviado a Antoona y a su
marido a la capital de esta provincia, donde les ha puesto de su
bolsillo una magnfica taberna. Ambos viven all contentos, se han
proporcionado muchos marchantes, y probablemente se harn ricos. l se
emborracha an algunas veces; pero Antoona, que es ms forzuda, le
suele sacudir para que acabe de corregirse.

* * * * *

Currito, deseoso de imitar a su primo, a quien cada da admira ms, y
notando y envidiando la felicidad domstica de Pepita y de Luis, ha
buscado novia a toda prisa, y se ha casado con la hija de un rico
labrador de aqu, sana, frescota, colorada como las amapolas, y que
promete adquirir en breve un volumen y una densidad superiores a los de
su suegra doa Casilda.

* * * * *

El conde de Genahazar; a los cinco meses de cama, est ya curado de su
herida, y segn dicen, muy enmendado de sus pasadas insolencias. Ha
pagado a Pepita, hace poco, ms de la mitad de la deuda; y pide espera
para pagar lo restante.

* * * * *

Hemos tenido un disgusto grandsimo, aunque harto le preveamos. El
padre vicario, cediendo al peso de la edad, ha pasado a mejor vida.
Pepita ha estado a la cabecera de su cama hasta el ltimo instante, y le
ha cerrado los ojos y la entreabierta boca con sus hermosas manos. El
padre vicario ha tenido la muerte de un bendito siervo de Dios. Ms que
muerte pareca trnsito dichoso a ms serenas regiones. Pepita, no
obstante, y todos nosotros tambin, le hemos llorado de veras. No ha
dejado ms que cinco o seis duros y sus muebles, porque todo lo reparta
de limosna. Con su muerte habran quedado aqu hurfanos los pobres, si
Pepita no viviese.

Mucho lamentan todos en el lugar la muerte del padre vicario; y no
faltan personas que le dan por santo verdadero y merecedor de estar en
los altares, atribuyndole milagros. Yo no s de esto; pero s que era
un varn excelente, y debe haber ido derechito a los cielos, donde
tendremos en l un intercesor. Con todo, su humildad y su modestia y su
temor de Dios eran tales, que hablaba de sus pecados en la hora de la
muerte, como si los tuviese, y nos rogaba que pidisemos su perdn y que
rezsemos por l al Seor y a Mara Santsima.

En el nimo de Luis han hecho honda impresin esta vida y esta muerte
ejemplares de un hombre, menester es confesarlo, simple y de cortas
luces, pero de una voluntad sana, de una fe profunda y de una caridad
fervorosa. Luis se compara con el vicario, y dice que se siente
humillado. Esto ha trado cierta amarga melancola a su corazn; pero
Pepita, que sabe mucho, la disipa con sonrisas y cario.

* * * * *

Todo prospera en casa. Luis y yo tenemos unas candioteras que no las hay
mejores en Espaa, si prescindimos de Jerez. La cosecha de aceite ha
sido este ao soberbia. Podemos permitirnos todo gnero de lujos, y yo
aconsejo a Luis y a Pepita que den un buen paseo por Alemania, Francia e
Italia, no bien salga Pepita de su cuidado y se restablezca. Los chicos
pueden, sin imprevisin ni locura, derrochar unos cuantos miles de duros
en la expedicin y traer muchos primores de libros, muebles y objetos de
arte para adornar su vivienda.

* * * * *

Hemos aguardado dos semanas, para que sea el bautizo el da mismo del
primer aniversario de la boda. El nio es un sol de bonito y muy
robusto. Yo he sido el padrino, y le hemos dado mi nombre. Yo estoy
soando con que Periquito hable y diga gracias.

* * * * *

Para que todo les salga bien a estos enamorados esposos, resulta ahora,
segn cartas de la Habana, que el hermano de Pepita, cuyas tunanteras
recelbamos que afrentasen a la familia, casi o sin casi va a honrarla y
a encumbrarla hacindose personaje. En tanto tiempo como haca que no
sabamos de l, ha aprovechado bien las coyunturas, y le ha soplado la
suerte. Ha tenido nuevo empleo en las aduanas, ha comerciado luego en
negros, ha quebrado despus, que viene a ser para ciertos hombres de
negocios como una buena poda para los rboles, la cual hace que retoen
con ms bro, y hoy est tan boyante, que tiene resuelto ingresar en la
primera aristocracia, titulando de marqus o de duque. Pepita se asusta
y se escandaliza de esta improvisada fortuna, pero yo le digo que no sea
tonta: si su hermano es y haba de ser de todos modos un pillete, no es
mejor que lo sea con buena estrella?

* * * * *

As pudiramos seguir extractando si no temisemos fatigar a los
lectores. Concluiremos, pues, copiando un poco de una de las ltimas
cartas.

* * * * *

Mis hijos han vuelto de su viaje bien de salud y con Periquito muy
travieso y precioso.

Luis y Pepita vienen resueltos a no volver a salir del lugar, aunque les
dure ms la vida que a Filemn y a Baucis. Estn enamorados como nunca
el uno del otro.

Traen lindos muebles, muchos libros, algunos cuadros y no s cuntas
otras baratijas elegantes, que han comprado por esos mundos, y
principalmente en Pars, Roma, Florencia y Viena.

As como el afecto que se tienen, y la ternura y cordialidad con que se
tratan y tratan a todo el mundo, ejercen aqu benfica influencia en las
costumbres, as la elegancia y el buen gusto, con que acabarn ahora de
ordenar su casa, servirn de mucho para que la cultura exterior cunda y
se extienda.

La gente de Madrid suele decir que en los lugares somos gansos y soeces,
pero se quedan por all y nunca se toman el trabajo de venir a pulirnos;
antes al contrario, no bien hay alguien en los lugares, que sabe o vale,
o cree saber y valer, no para hasta que se larga, si puede, y deja los
campos y los pueblos de provincias abandonados.

Pepita y Luis siguen el opuesto parecer y yo los aplaudo con toda el
alma.

Todo lo van mejorando y hermoseando para hacer de este retiro su edn.

No imagines, sin embargo, que la aficin de Luis y Pepita al bienestar
material haya entibiado en ellos en lo ms mnimo el sentimiento
religioso. La piedad de ambos es ms profunda cada da, y en cada
contento o satisfaccin de que gozan o que pueden proporcionar a sus
semejantes, ven un nuevo beneficio del cielo, por el cual se reconocen
ms obligados a demostrar su gratitud. Es ms: esa satisfaccin y ese
contento no lo seran, no tendran precio, ni valor, ni sustancia para
ellos, si la consideracin y la firme creencia en las cosas divinas no
se lo prestasen.

Luis no olvida nunca, en medio de su dicha presente, el rebajamiento del
ideal con que haba soado. Hay ocasiones en que su vida de ahora le
parece vulgar, egosta y prosaica, comparada con la vida de sacrificio,
con la existencia espiritual a que se crey llamado en los primeros aos
de su juventud; pero Pepita acude solcita a disipar estas melancolas,
y entonces comprende y afirma Luis que el hombre puede servir a Dios en
todos los estados y condiciones, y concierta la viva fe y el amor de
Dios que llenan su alma, con este amor lcito de lo terrenal y caduco.
Pero en todo ello pone Luis como un fundamento divino, sin el cual, ni
en los astros que pueblan el ter, ni en las flores y frutos que
hermosean el campo, ni en los ojos de Pepita, ni en la inocencia y
belleza de Periquito, vera nada de amable. El mundo mayor, toda esa
fbrica grandiosa del Universo, dice l que sin su Dios providente le
parecera sublime, pero sin orden, ni belleza ni propsito. Y en cuanto
al mundo menor, como suele llamar al hombre, tampoco le amara, si por
Dios no fuera. Y esto, no porque Dios le mande amarle, sino porque la
dignidad del hombre y el merecer ser amado estriban en Dios mismo, quien
no slo hizo el alma humana a su imagen, sino que ennobleci el cuerpo
humano, hacindole templo vivo del Espritu, comunicando con l por
medio del Sacramento, sublimndole hasta el extremo de unir con l su
Verbo increado. Por estas razones, y por otras que yo no acierto a
explicarte aqu, Luis se consuela y se conforma con no haber sido un
varn mstico, exttico y apostlico, y desecha la especie de envidia
generosa que le inspir el padre vicario el da de su muerte; pero tanto
l como Pepita siguen con gran devocin cristiana dando gracias a Dios
por el bien de que gozan, y no viendo base, ni razn, ni motivo de este
bien sino en el mismo Dios.

En la casa de mis hijos hay, pues, algunas salas que parecen preciosas
capillitas catlicas o devotos oratorios; pero he de confesar que tienen
ambos tambin su poquito de paganismo, como poesa rstica
amoroso-pastoril, la cual ha ido a refugiarse extramuros.

La huerta de Pepita ha dejado de ser huerta y es un jardn amensimo con
sus araucarias, con sus higueras de la India, que crecen aqu al aire
libre, y con su bien dispuesta, aunque pequea estufa, llena de plantas
raras.

El merendero o cenador, donde comimos las fresas aquella tarde, que fue
la segunda vez que Pepita y Luis se vieron y se hablaron, se ha
transformado en un airoso templete, con prtico y columnas de mrmol
blanco. Dentro hay una espaciosa sala con muy cmodos muebles. Dos
bellas pinturas la adornan; una representa a Psiquis, descubriendo y
contemplando extasiada, a la luz de su lmpara, al Amor, dormido en su
lecho; otra representa a Cloe, cuando la cigarra fugitiva se le mete en
el pecho, donde creyndose segura, y a tan grata sombra, se pone a
cantar, mientras que Dafnis procura sacarla de all.

Una copia, hecha con bastante esmero, en mrmol de Carrara, de la Venus
de Mdicis, ocupa el preferente lugar, y como que preside en la sala. En
el pedestal tiene grabados, en letras de oro, estos versos de Lucrecio:

_Nec sine te quidquam dias in luminis oras_
_Exoritur, neque fit laetum, neque amabile quidquam_.



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