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Ebooks by authors: A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z 
Valera, Juan / Pepita Jiménez
La cita, a que acababa de comprometer a D. Luis, fue un triunfo
inesperado. As es que Antoona, a fin de sacar provecho del triunfo,
tuvo que disponerlo todo de improviso, con profunda ciencia mundana.

Seal Antoona para la cita la hora de las diez de la noche, porque
sta era la hora de la antigua y ya suprimida o suspendida tertulia en
que D. Luis y Pepita solan verse. La seal adems para evitar
murmuraciones y escndalo, porque ella haba odo decir a un predicador
que, segn el Evangelio, no hay nada tan malo como el escndalo, y que a
los escandalosos es menester arrojarlos al mar con una piedra de molino
atada al pescuezo.

Volvi, pues, Antoona a casa de su dueo, muy satisfecha de s misma y
muy resuelta a disponer las cosas con tino para que el remedio que haba
buscado no fuese intil, o no agravase el mal de Pepita en vez de
sanarle.

A Pepita no pens ni determin prevenirla sino a lo ltimo, dicindole
que D. Luis espontneamente le haba pedido hora para hacerle una visita
de despedida y que ella haba sealado las diez.

A fin de que no se originasen habladuras, si en la casa vean entrar a
D. Luis, pens en que no le viesen entrar, y para ello era tambin muy
propicia la hora, y la disposicin de la casa. A las diez estara llena
de gente la calle con la velada, y por lo mismo repararan menos en D.
Luis cuando pasase por ella. Penetrar en el zagun sera obra de un
segundo; y ella, que estara all aguardando, llevara a D. Luis hasta
el despacho, sin que nadie le viese.

Todas o la mayor parte de las casas de los ricachos lugareos de
Andaluca son como dos casas en vez de una, y as era la casa de Pepita.
Cada casa tiene su puerta. Por la principal se pasa al patio enlosado y
con columnas, a las salas y dems habitaciones seoriles; por la otra, a
los corrales, caballeriza y cochera, cocinas, molino, lagar, graneros,
trojes donde se conserva la aceituna hasta que se muele; bodegas donde
se guarda el aceite, el mosto, el vino de quema, el aguardiente y el
vinagre en grandes tinajas; y candioteras o bodegas, donde est en pipas
y toneles el vino bueno y ya hecho o rancio. Esta segunda casa o parte
de casa, aunque est en el centro de una poblacin de veinte o
veinticinco mil almas, se llama casa de campo. El aperador, los
capataces, el mulero, los trabajadores principales y ms constantes en
el servicio del amo, se juntan all por la noche, en invierno, en torno
de una enorme chimenea de una gran cocina, y en verano al aire libre o
en algn cuarto muy ventilado y fresco, y estn holgando y de tertulia
hasta que los seores se recogen.

Antoona imagin que el coloquio y la explicacin, que ella deseaba que
tuviesen su nia y don Luis, requeran sosiego y que no viniesen a
interrumpirlos, y as determin que aquella noche, por ser la velada de
San Juan, las chicas que servan a Pepita vacasen en todos sus
quehaceres y oficios, y se fuesen a solazar a la casa de campo, armando
con los rsticos trabajadores un jaleo probe de fandango, lindas coplas,
repiqueteo de castauelas, brincos y mudanzas.

De esta suerte la casa seoril quedara casi desierta y silenciosa, sin
ms habitantes que ella y Pepita, y muy a proposito para la solemnidad,
transcendencia y no turbado sosiego que eran necesarios en la entrevista
que ella tena preparada, y de la que dependa quizs, o de seguro, el
destino de dos personas de tanto valer.

* * * * *

Mientras Antoona iba rumiando y concertando en su mente todas estas
cosas, D. Luis, no bien se qued solo, se arrepinti de haber procedido
tan de ligero y de haber sido tan dbil en conceder la cita que Antoona
le haba pedido.

Don Luis se par a considerar la condicin de Antoona, y le pareci ms
aviesa que la de Enone y la de Celestina. Vio delante de s todo el
peligro a que voluntariamente se aventuraba, y no vio ventaja alguna en
hacer recatadamente y a hurto de todos una visita a la linda viuda.

Ir a verla para ceder y caer en sus redes, burlndose de sus votos,
dejando mal al obispo, que haba recomendado su solicitud de dispensa, y
hasta al Sumo Pontfice, que la haba concedido, y desistiendo de ser
clrigo, le pareca un desdoro muy enorme. Era adems una traicin
contra su padre, que amaba a Pepita y deseaba casarse con ella. Ir a
verla para desengaarla ms an, se le antojaba mayor refinamiento de
crueldad que partir sin decirle nada.

Impulsado por tales razones, lo primero que pens D. Luis fue faltar a
la cita sin dar excusa ni aviso, y que Antoona le aguardase en balde en
el zagun; pero Antoona anunciara a su seora la visita, y l
faltara, no slo a Antoona, sino a Pepita, dejando de ir, con una
grosera incalificable.

Discurri entonces escribir a Pepita una carta muy afectuosa y discreta,
excusndose de ir, justificando su conducta, consolndola, manifestando
sus tiernos sentimientos por ella, si bien haciendo ver que la
obligacin y el cielo eran antes que todo, y procurando dar nimo a
Pepita para que hiciese el mismo sacrificio que l haca.

Cuatro o cinco veces se puso a escribir esta carta. Emborron mucho
papel; le rasg enseguida; y la carta no sala jams a su gusto. Ya era
seca, fra, pedantesca, como un mal sermn o como la pltica de un
dmine: ya se deduca de su contenido un miedo pueril y ridculo, como
si Pepita fuese un monstruo pronto a devorarle; ya tena el escrito
otros defectos y lunares no menos lastimosos. En suma, la carta no se
escribi, despus de haberse consumido en las tentativas unos cuantos
pliegos.

--No hay ms recurso--dijo para s D. Luis--, la suerte est echada.
Valor y vamos all.

Don Luis confort su espritu con la esperanza de que iba a tener mucha
serenidad y de que Dios iba a poner en sus labios un raudal de
elocuencia, por donde persuadira a Pepita, que era tan buena, de que
ella misma le impulsase a cumplir con su vocacin, sacrificando el amor
mundanal y hacindose semejante a las santas mujeres que ha habido, las
cuales, no ya han desistido de unirse con un novio o con un amante, sino
hasta de unirse con el esposo, viviendo con l como con un hermano,
segn se refiere, por ejemplo, en la vida de San Eduardo, rey de
Inglaterra. Y despus de pensar en esto, se senta D. Luis ms consolado
y animado, y ya se figuraba que l iba a ser como otro san Eduardo, y
que Pepita era como la reina Edita, su mujer; y bajo la forma y
condicin de la tal reina, virgen a par de esposa, le pareca Pepita, si
cabe, mucho ms gentil, elegante y potica.

No estaba, sin embargo, D. Luis todo lo seguro y tranquilo que debiera
estar, despus de haberse resuelto a imitar a San Eduardo. Hallaba an
cierto no s qu de criminal en aquella visita que iba a hacer, sin que
su padre lo supiese, y estaba por ir a despertarle de su siesta y
descubrrselo todo. Dos o tres veces se levant de su silla y empez a
andar en busca de su padre; pero luego se detena y crea aquella
revelacin indigna, la crea una vergonzosa chiquillada. l poda
revelar sus secretos; pero revelar los de Pepita para ponerse bien con
su padre era bastante feo. La fealdad y lo cmico y miserable de la
accin se aumentaban notando que el temor de no ser bastante fuerte para
resistir era lo que a hacerla le mova. D. Luis se call, pues, y no
revel nada a su padre.

Es ms: ni siquiera se senta con la desenvoltura y la seguridad
convenientes para presentarse a su padre habiendo de por medio aquella
cita misteriosa. Estaba asimismo tan alborotado y fuera de s por culpa
de las encontradas pasiones que se disputaban el dominio de su alma, que
no caba en el cuarto, y como si brincase o volase, le andaba y recorra
todo en tres o cuatro pasos, aunque era grande, por lo cual tema darse
de calabazadas contra las paredes. Por ltimo, si bien tena abierto el
balcn, por ser verano, le pareca que iba a ahogarse all por falta de
aire, y que el techo le pesaba sobre la cabeza, y que para respirar
necesitaba de toda la atmsfera y para andar de todo el espacio sin
lmites, y para alzar la frente y exhalar sus suspiros y encumbrar sus
pensamientos, de no tener sobre s sino la inmensa bveda del cielo.

Aguijoneado de esta necesidad, tom su sombrero y su bastn y se fue a
la calle. Ya en la calle, huyendo de toda persona conocida y buscando la
soledad, se sali al campo y se intern por lo ms frondoso y esquivo de
las alamedas, huertas y sendas que rodean la poblacin y hacen un
paraso de sus alrededores en un radio de ms de media legua.

* * * * *

Poco hemos dicho hasta ahora de la figura de D. Luis. Spase, pues, que
era un buen mozo en toda la extensin de la palabra: alto, ligero, bien
formado, cabello negro, ojos negros tambin y llenos de fuego y de
dulzura. La color triguea, la dentadura blanca, los labios finos,
aunque relevados, lo cual le daba un aspecto desdeoso; y algo de
atrevido y varonil en todo el ademn, a pesar del recogimiento y de la
mansedumbre clericales. Haba, por ltimo, en el porte y continente de
D. Luis aquel indescriptible sello de distincin y de hidalgua que
parece, aunque no lo sea siempre, privativa calidad y exclusivo
privilegio de las familias aristocrticas.

Al ver a D. Luis, era menester confesar que Pepita Jimnez saba de
esttica por instinto.

Corra, que no andaba, D. Luis por aquellas sendas, saltando arroyos y
fijndose apenas en los objetos, casi como toro picado del tbano. Los
rsticos con quienes se encontr, los hortelanos que le vieron pasar,
tal vez le tuvieron por loco.

Cansado ya de caminar sin propsito, se sent al pie de una cruz de
piedra, junto a las ruinas de un antiguo convento de San Francisco de
Paula, que dista ms de tres kilmetros del lugar, y all se hundi en
nuevas meditaciones, pero tan confusas, que ni l mismo se daba cuenta
de lo que pensaba.

El taido de las campanas que, atravesando el aire, lleg a aquellas
soledades, llamando a la oracin a los fieles, y recordndoles la
salutacin del arcngel a la sacratsima Virgen, hizo que D. Luis
volviera de su xtasis, y se hallase de nuevo en el mundo real.

El sol acababa de ocultarse detrs de los picos gigantescos de las
sierras cercanas, haciendo que las pirmides, agujas y rotos obeliscos
de la cumbre se destacasen sobre un fondo de prpura y topacio, que tal
pareca el cielo, dorado por el sol poniente. Las sombras empezaban a
extenderse sobre la vega, y en los montes opuestos a los montes por
donde el sol se ocultaba, relucan las peas ms erguidas como si fueran
de oro o de cristal hecho ascua.

Los vidrios de las ventanas y los blancos muros del remoto santuario de
la Virgen; patrona del lugar, que est en lo ms alto de un cerro, as
como otro pequeo templo o ermita que hay en otro cerro ms cercano, que
llaman el Calvario, resplandecan an como dos faros salvadores, heridos
por los postreros rayos oblicuos del sol moribundo.

Una poesa melanclica inspiraba a la naturaleza, y con la msica
callada, que slo el espritu acierta a or, se dira que todo entonaba
un himno al Creador. El lento son de las campanas, amortiguado y
semi-perdido por la distancia, apenas turbaba el reposo de la tierra y
convidaba a la oracin sin distraer los sentidos con rumores. D. Luis se
quit su sombrero, se hinc de rodillas al pie de la cruz, cuyo pedestal
le haba servido de asiento, y rez con profunda devocin el _Angelus
Domini_.

Las sombras nocturnas fueron pronto ganando terreno; pero la noche, al
desplegar su manto y cobijar con l aquellas regiones, se complace en
adornarle de ms luminosas estrellas y de una luna ms clara. La bveda
azul no troc en negro su color azulado: conserv su azul, aunque le
hizo ms oscuro. El aire era tan difano y tan sutil, que se vean
millares y millares de estrellas, fulgurando en el ter sin trmino. La
luna plateaba las copas de los rboles y se reflejaba en la corriente de
los arroyos, que parecan de un lquido luminoso y transparente, donde
se formaban iris y cambiantes como en el palo. Entre la espesura de la
arboleda cantaban los ruiseores. Las yerbas y flores vertan ms
generoso perfume. Por las orillas de las acequias, entre la yerba menuda
y las flores silvestres, relucan como diamantes o carbunclos los
gusanillos de luz en multitud innumerable. No hay por all lucirnagas
aladas ni cocuyos, pero estos gusanillos de luz abundan y dan un
resplandor bellsimo. Muchos rboles frutales, en flor todava, muchas
acacias y rosales, sin cuento, embalsamaban el ambiente impregnndole de
suave fragancia.

Don Luis se sinti dominado, seducido, vencido por aquella voluptuosa
naturaleza, y dud de s. Era menester, no obstante, cumplir la palabra
dada y acudir a la cita.

Aunque dando un largo rodeo, aunque recorriendo otras sendas, aunque
vacilando a veces en irse a la fuente del ro, donde al pie de la sierra
brota de una pea viva todo el caudal cristalino que riega las huertas,
y es sitio delicioso, D. Luis, a paso lento y pausado, se dirigi hacia
la poblacin.

Conforme se iba acercando, se aumentaba el terror que le infunda lo que
se determinaba a hacer. Penetraba por lo ms sombro de las enramadas,
anhelando ver algn prodigio espantable, algn signo, algn aviso que le
retrajese. Se acordaba a menudo del estudiante Lisardo, y ansiaba ver su
propio entierro. Pero el cielo sonrea con sus mil luces y excitaba a
amar; las estrellas se miraban con amor unas a otras; los ruiseores
cantaban enamorados; hasta los grillos agitaban amorosamente sus
elictras sonoras, como trovadores el plectro cuando dan una serenata; la
tierra toda pareca entregada al amor en aquella tranquila y hermosa
noche. Nada de aviso; nada de signo; nada de pompa fnebre; todo vida,
paz y deleite. Dnde estaba el ngel de la Guarda? Haba dejado a D.
Luis como cosa perdida, o calculando que no corra peligro alguno, no se
cuidaba de apartarle de su propsito? Quin sabe? Tal vez de aquel
peligro resultara un triunfo. San Eduardo y la reina Edita se ofrecan
de nuevo a la imaginacin de D. Luis y corroboraban su voluntad.

Embelesado en estos discursos, retardaba don Luis su vuelta, y an se
hallaba a alguna distancia del pueblo, cuando sonaron las diez, hora de
la cita, en el reloj de la parroquia. Las diez campanadas fueron como
diez golpes que le hirieron en el corazn. All le dolieron
materialmente, si bien con un dolor y con un sobresalto mixtos de
traidora inquietud y de regalada dulzura.

Don Luis apresur el paso a fin de no llegar muy tarde, y pronto se
encontr en la poblacin.

El lugar estaba animadsimo. Las mozas solteras venan a la fuente del
ejido a lavarse la cara, para que fuese fiel el novio a la que le tena,
y para que a la que no le tena le saltase novio. Mujeres y chiquillos,
por ac y por all, volvan de coger verbena, ramos de romero u otras
plantas, para hacer sahumerios mgicos. Las guitarras sonaban por varias
partes. Los coloquios de amor y las parejas dichosas y apasionadas se
oan y se vean a cada momento. La noche y la maanita de San Juan,
aunque fiesta catlica, conservan no s qu resabios del paganismo y
naturalismo antiguos. Tal vez sea por la coincidencia aproximada de esta
fiesta con el solsticio de verano. Ello es que todo era profano y no
religioso. Todo era amor y galanteo. En nuestros viejos romances y
leyendas, siempre roba el moro a la linda infantina cristiana, y siempre
el caballero cristiano logra su anhelo con la princesa mora, en la noche
o en la maanita de San Juan; y en el pueblo se dira que conservaban la
tradicin de los viejos romances.

Las calles estaban llenas de gente. Todo el pueblo estaba en las calles
y adems los forasteros. Hacan asimismo muy difcil el trnsito la
multitud de mesillas de turrn, arropa y tostones, los puestos de
fruta, las tiendas de muecos y juguetes, y las buoleras, donde
gitanas jvenes y viejas, ya frean la masa, infestando el aire con el
olor del aceite, ya pesaban y servan los buuelos, ya respondan con
donaire a los piropos de los galanes que pasaban, ya decan la buena
ventura.

Don Luis procuraba no encontrar a los amigos y, si los vea de lejos
echaba por otro lado. As fue llegando poco a poco, sin que le hablasen
ni detuviesen, hasta cerca del zagun de casa de Pepita. El corazn
empez a latirle con violencia, y se par un instante para serenarse.
Mir el reloj: eran cerca de las diez y media.

--Vlgame Dios!--dijo--, har cerca de media hora que me estar
aguardando.

Entonces se precipit y penetr en el zagun. El farol, que lo alumbraba
de diario, daba poqusima luz aquella noche.

No bien entr D. Luis en el zagun, una mano, mejor diremos una garra,
le asi por el brazo derecho. Era Antoona, que dijo en voz baja:

--Diantre de colegial, ingrato, desaborido, mostrenco! Ya imaginaba yo
que no venas. Dnde has estado, _peal_? Cmo te atreves a tardar,
hacindote de pencas, cuando toda la sal de la tierra se est
derritiendo por ti y el sol de la hermosura te aguarda!

Mientras Antoona expresaba estas quejas, no estaba parada, sino que iba
andando y llevando en pos de s, asido siempre del brazo, al colegial
atortolado y silencioso. Salvaron la cancela, y Antoona la cerr con
tiento y sin ruido; atravesaron el patio, subieron por la escalera,
pasaron luego por unos corredores y por dos salas, y llegaron a la
puerta del despacho, que estaba cerrada.

En toda la casa remaba maravilloso silencio. El despacho estaba en lo
interior y no llegaban a l los rumores de la calle. Slo llegaban,
aunque confusos y vagos, el resonar de las castauelas y el son de la
guitarra, y un leve murmullo, causado todo por los criados de Pepita,
que tenan su jaleo probe en la casa de campo.

Antoona abri la puerta del despacho; empuj a D. Luis para que
entrase, y al mismo tiempo le anunci diciendo:

--Nia, aqu tienes al seor D. Luis, que viene a despedirse de ti.

Hecho el anuncio con la formalidad debida, la discreta Antoona se
retir de la sala, dejando a sus anchas al visitante y a la nia, y
volviendo a cerrar la puerta.

* * * * *

Al llegar a este punto no podemos menos de hacer notar el carcter de
autenticidad que tiene la presente historia, admirndonos de la
escrupulosa exactitud de la persona que la compuso. Porque, si algo de
fingido, como en una novela, hubiera en estos _Paralipmenos_, no cabe
duda en que una entrevista tan importante y transcendente como la de
Pepita y D. Luis se hubiera dispuesto por medios menos vulgares que los
aqu empleados. Tal vez nuestros hroes, yendo a una nueva expedicin
campestre, hubieran sido sorprendidos por deshecha y pavorosa tempestad,
teniendo que refugiarse en las ruinas de algn antiguo castillo o torre
moruna, donde por fuerza haba de ser fama que aparecan espectros o
cosas por el estilo. Tal vez nuestros hroes hubieran cado en poder de
alguna partida de bandoleros, de la cual hubieran escapado merced a la
serenidad y valenta de D. Luis, albergndose luego durante la noche,
sin que se pudiese evitar, y solitos los dos, en una caverna o gruta. Y
tal vez, por ltimo, el autor hubiera arreglado el negocio de manera que
Pepita y su vacilante admirador hubieran tenido que hacer un viaje por
mar, y aunque ahora no hay piratas o corsarios argelinos, no es difcil
inventar un buen naufragio, en el cual don Luis hubiera salvado a
Pepita, arribando a una isla desierta o a otro lugar potico y apartado.
Cualquiera de estos recursos hubiera preparado con ms arte el coloquio
apasionado de los dos jvenes y hubiera justificado mejor a D. Luis.
Creemos, sin embargo, que en vez de censurar al autor porque no apela a
tales enredos, conviene darle gracias por la mucha conciencia que tiene,
sacrificando a la fidelidad del relato el portentoso efecto que hara si
se atreviese a exornarle y bordarle con lances y episodios sacados de su
fantasa.

Si no hubo ms que la oficiosidad y destreza de Antoona y la debilidad
con que D. Luis se comprometi a acudir a la cita, para qu forjar
embustes y traer a los dos amantes como arrastrados por la fatalidad a
que se vean y hablen a solas con gravsimo peligro de la virtud y
entereza de ambos? Nada de eso. Si D. Luis se conduce bien o mal en
venir a la cita, y si Pepita Jimnez, a quien Antoona haba ya dicho
que D. Luis espontneamente vena a verla, hace mal o bien en alegrarse
de aquella visita algo misteriosa y fuera de tiempo, no echemos la culpa
al acaso, sino a los mismos personajes que en esta historia figuran y a
las pasiones que sienten.

Mucho queremos nosotros a Pepita; pero la verdad es antes que todo, y la
hemos de decir, aunque perjudique a nuestra herona. A las ocho le dijo
Antoona que D. Luis iba a venir; y Pepita, que hablaba de morirse, que
tena los ojos encendidos y los prpados un poquito inflamados de llorar
y que estaba bastante despeinada, no pens desde entonces sino en
componerse y arreglarse para recibir a D. Luis. Se lav la cara con agua
tibia para que el estrago del llanto desapareciese hasta el punto
preciso de no afear, mas no para que no quedasen huellas de que haba
llorado; se compuso el pelo de suerte que no denunciaba estudio
cuidadoso, sino que mostraba cierto artstico y gentil descuido, sin
rayar en desorden, lo cual hubiera sido poco decoroso; se puli las
uas; y como no era propio recibir de bata a D. Luis, se visti un traje
sencillo de casa. En suma, mir instintivamente a que todos los
pormenores de tocador concurriesen a hacerla parecer ms bonita y
aseada, sin que se trasluciera el menor indicio del arte, del trabajo y
del tiempo gastados en aquellos perfiles, sino que todo ello
resplandeciera como obra natural y don gratuito; como algo que persista
en ella, a pesar del olvido de s misma, causado por la vehemencia de
los afectos.

Segn hemos llegado a averiguar, Pepita emple ms de una hora en estas
faenas de tocador, que haban de sentirse slo por los efectos. Despus
se dio el postrer retoque y vistazo al espejo con satisfaccin mal
disimulada. Y por ltimo, a eso de las nueve y media, tomando una
palmatoria, baj a la sala donde estaba el Nio Jess. Encendi primero
las velas del altarito, que estaban apagadas; vio con cierta pena que
las flores yacan marchitas; pidi perdn a la devota imagen por haberla
tenido desatendida mucho tiempo; y, postrndose de hinojos, y a solas,
or con todo su corazn, y con aquella confianza y franqueza que inspira
quien est de husped en casa desde hace muchos aos. A un Jess
Nazareno, con la cruz a cuestas y la corona de espinas; a un Ecce-Homo,
ultrajado y azotado, con la caa por irrisorio cetro y la spera soga
por ligadura de las manos, o a un Cristo crucificado, sangriento y
moribundo, Pepita no se hubiera atrevido a pedir lo que pidi a Jess,
pequeuelo todava, risueo, lindo, sano y con buenos colores. Pepita le
pidi que le dejase a D. Luis; que no se le llevase; porque l, tan rico
y tan abastado de todo, poda sin gran sacrificio desprenderse de aquel
servidor y cedrsele a ella.

Terminados estos preparativos, que nos ser lcito clasificar y dividir
en _cosmticos_, indumentarios y religiosos, Pepita se instal en el
despacho, aguardando la venida de don Luis con febril impaciencia.

Atinada anduvo Antoona en no decirle que iba a venir, sino hasta poco
antes de la hora. Aun as, gracias a la tardanza del galn, la pobre
Pepita estuvo deshacindose, llena de ansiedad y de angustia, desde que
termin sus oraciones y splicas con el nio Jess hasta que vio dentro
del despacho al otro nio.

* * * * *

La visita empez del modo ms grave y ceremonioso. Los saludos de
frmula se pronunciaron maquinalmente de una parte y de otra; y D. Luis,
invitado a ello, tom asiento en una butaca, sin dejar el sombrero ni el
bastn, y a no corta distancia de Pepita. Pepita estaba sentada en el
sof. El velador se vea al lado de ella, con libros y con la
palmatoria, cuya luz iluminaba su rostro. Una lmpara arda adems sobre
el bufete. Ambas luces, con todo, siendo grande el cuarto, como lo era,
dejaban la mayor parte de l en la penumbra. Una gran ventana, que daba
a un jardincillo interior, estaba abierta por el calor, y si bien sus
hierros eran como la trama de un tejido de rosas-enredaderas y jazmines,
todava por entre la verdura y las flores se abran camino los claros
rayos de la luna, penetraban en la estancia y queran luchar con la luz
de la lmpara y de la palmatoria. Penetraban adems por la
ventana-vergel el lejano y confuso rumor del jaleo de la casa de campo,
que estaba al otro extremo, el murmullo montono de una fuente que haba
en el jardincillo, y el aroma de los jazmines y de las rosas que
tapizaban la ventana, mezclado con el de los don-pedros, albahacas y
otras plantas, que adornaban los arriates al pie de ella.

Hubo una larga pausa, un silencio tan difcil de sostener como de
romper. Ninguno de los dos interlocutores se atreva a hablar. Era, en
verdad, la situacin muy embarazosa. Tanto para ellos el expresarse
entonces, como para nosotros el reproducir ahora lo que expresaron, es
empresa ardua; pero no hay ms remedio que acometerla. Dejemos que ellos
mismos se expliquen y copiemos al pie de la letra sus palabras.

* * * * *


--Al fin se dign Vd. venir a despedirse de m antes de su partida--dijo
Pepita--. Yo haba perdido ya la esperanza.

El papel que haca D. Luis era de mucho empeo y por otra parte, los
hombres, no ya novicios, sino hasta experimentados y curtidos en estos
dilogos, suelen incurrir en tonteras al empezar. No se condene, pues,
a D. Luis porque empezase contestando tonteras.

--Su queja de Vd. es injusta--dijo--. He estado aqu a despedirme de Vd.
con mi padre, y, como no tuvimos el gusto de que Vd. nos recibiese,
dejamos tarjetas. Nos dijeron que estaba Vd. algo delicada de salud, y
todos los das hemos enviado recado para saber de Vd. Grande ha sido
nuestra satisfaccin al saber que estaba Vd. aliviada. Y ahora, se
encuentra Vd. mejor?

--Casi estoy por decir a Vd. que no me encuentro mejor--replic
Pepita--; pero como veo que viene Vd. de embajador de su padre, y no
quiero afligir a un amigo tan excelente, justo ser que diga a Vd., y
que Vd. repita a su padre, que siento bastante alivio. Singular es que
haya venido Vd. solo. Mucho tendr que hacer D. Pedro cuando no le ha
acompaado.

--Mi padre no me ha acompaado, seora, porque no sabe que he venido a
ver a Vd. Yo he venido solo, porque mi despedida ha de ser solemne,
grave, para siempre quizs; y la suya es de ndole harto diversa. Mi
padre volver por aqu dentro de unas semanas; yo es posible que no
vuelva nunca, y si vuelvo, volver muy otro del que soy ahora.

Pepita no pudo contenerse. El porvenir de felicidad con que haba soado
se desvaneca como una sombra. Su resolucin inquebrantable de vencer a
toda costa a aquel hombre, nico que haba amado en la vida, nico que
se senta capaz de amar, era una resolucin intil. D. Luis se iba. La
juventud, la gracia, la belleza, el amor de Pepita no valan para nada.
Estaba condenada, con veinte aos de edad y tanta hermosura, a la viudez
perpetua, a la soledad, a amar a quien no la amaba. Todo otro amor era
imposible para ella. El carcter de Pepita, en quien los obstculos
recrudecan y avivaban ms los anhelos, en quien una determinacin, una
vez tomada, lo arrollaba todo hasta verse cumplida, se mostr entonces
con notable violencia y rompiendo todo freno. Era menester morir o
vencer en la demanda. Los respetos sociales, la inveterada costumbre de
disimular y de velar los sentimientos, que se adquieren en el gran mundo
y que pone dique a los arrebatos de la pasin, y envuelve en gasas y
cendales y disuelve en perfrasis y frases ambiguas la ms enrgica
explosin de los mal reprimidos afectos, nada podan con Pepita, que
tena poco trato de gentes, y que no conoca trmino medio; que no haba
sabido sino obedecer a ciegas a su madre y a su primer marido, y mandar
despus despticamente a todos los dems seres humanos. As es que
Pepita habl en aquella ocasin y se mostr tal como era. Su alma, con
cuanto haba en ella de apasionado, tom forma sensible en sus palabras,
y sus palabras no sirvieron para envolver su pensar y su sentir sino
para darle cuerpo. No habl como hubiera hablado una dama de nuestros
salones, con ciertas plegueras y atenuaciones en la expresin, sino con
la desnudez idlica con que Cloe hablaba a Dafnis y con la humildad y el
abandono completo con que se ofreci a Booz la nuera de Noemi.

Pepita dijo:

--Persiste Vd., pues, en su propsito? Est usted seguro de su
vocacin? No teme Vd. ser un mal clrigo? Sr. D. Luis, voy a hacer un
esfuerzo; voy a olvidar por un instante que soy una ruda muchacha; voy a
prescindir de todo sentimiento, y voy a discurrir con frialdad, como si
se tratase del asunto que me fuese ms extrao. Aqu hay hechos que se
pueden comentar de dos modos. Con ambos comentarios queda Vd. mal.
Expondr mi pensamiento. Si la mujer que con sus coqueteras, no por
cierto muy desenvueltas, casi sin hablar a Vd. palabra, a los pocos das
de verle y tratarle, ha conseguido provocar a Vd., moverle a que la mire
con miradas que auguraban amor profano, y hasta ha logrado que le d Vd.
una muestra de cario, que es una falta, un pecado en cualquiera y ms
en un sacerdote; si esta mujer, es, como lo es en realidad, una lugarea
ordinaria, sin instruccin, sin talento y sin elegancia, qu no se debe
temer de Vd. cuando trate y vea y visite en las grandes ciudades a otras
mujeres mil veces ms peligrosas? Usted se volver loco cuando vea y
trate a las grandes damas que habitan palacios, que huellan mullidas
alfombras, que deslumbran con diamantes y perlas, que visten sedas y
encajes y no percal y muselina, que desnudan la cndida y bien formada
garganta y no la cubren con un plebeyo y modesto paolito, que son ms
diestras en mirar y herir, que por el mismo boato, squito y pompa de
que se rodean son ms deseables por ser en apariencia inasequibles, que
disertan de poltica, de filosofa, de religin y de literatura, que
cantan como canarios, y que estn como envueltas en nubes de aroma,
adoraciones y rendimientos, sobre un pedestal de triunfos y victorias,
endiosadas por el prestigio de un nombre ilustre, encumbradas en ureos
salones o retiradas en voluptuosos gabinetes, donde entran slo los
felices de la tierra; tituladas acaso, y llamndose nicamente para los
ntimos Pepita, Antoita o Angelita, y para los dems la Excma. Seora
Duquesa o la Excma. Seora Marquesa. Si Vd. ha cedido a una zafia
aldeana, hallndose en vsperas de la ordenacin, con todo el entusiasmo
que debe suponerse, y, si ha cedido impulsado por capricho fugaz, no
tengo razn en prever que va Vd. a ser un clrigo detestable, impuro,
mundanal y funesto, y que ceder a cada paso? En esta suposicin, crame
usted, Sr. D. Luis y no se me ofenda, ni siquiera vale Vd. para marido
de una mujer honrada. Si usted ha estrechado las manos, con el ahnco y
la ternura del ms frentico amante, si Vd. ha mirado con miradas que
prometan un cielo, una eternidad de amor, y si Vd. ha... besado a una
mujer que nada le inspiraba sino algo que para m no tiene nombre, vaya
Vd. con Dios, y no se case Vd. con esa mujer. Si ella es buena, no le
querr a Vd. para marido, ni siquiera para amante; pero, por amor de
Dios, no sea Vd. clrigo tampoco. La Iglesia ha menester de otros
hombres ms serios y ms capaces de virtud para ministros del Altsimo.
Por el contrario, si Vd. ha sentido una gran pasin por esta mujer de
que hablamos, aunque ella sea poco digna, por qu abandonarla y
engaarla con tanta crueldad? Por indigna que sea, si es que ha
inspirado esa gran pasin, no cree Vd. que la compartir y que ser
vctima de ella? Pues qu, cuando el amor es grande, elevado y violento,
deja nunca de imponerse? No tiraniza y subyuga al objeto amado de un
modo irresistible? Por los grados y quilates de su amor debe usted medir
el de su amada. Y cmo no temer por ella si Vd. la abandona? Tiene
ella la energa varonil, la constancia que infunde la sabidura que los
libros encierran, el aliciente de la gloria, la multitud de grandiosos
proyectos, y todo aquello que hay en su cultivado y sublime espritu de
Vd. para distraerle y apartarle, sin desgarradora violencia, de todo
otro terrenal afecto? No comprende Vd. que ella morir de dolor, y que
Vd., destinado a hacer incruentos sacrificios, empezar por sacrificar
despiadadamente a quien ms le ama?

--Seora--contest D. Luis haciendo un esfuerzo para disimular su
emocin y para que no se conociese lo turbado que estaba en lo trmulo y
balbuciente de la voz--. Seora, yo tambin tengo que dominarme mucho
para contestar a Vd. con la frialdad de quien opone argumentos a
argumentos como en una controversia; pero la acusacin de Vd. viene tan
razonada (y Vd. perdone que se lo diga), es tan hbilmente sofstica,
que me fuerza a desvanecerla con razones. No pensaba yo tener que
disertar aqu y que aguzar mi corto ingenio; pero Vd. me condena a ello,
si no quiero pasar por un monstruo. Voy a contestar a los extremos del
cruel dilema que ha forjado Vd. en mi dao. Aunque me he criado al lado
de mi to y en el Seminario, donde no he visto mujeres, no me crea Vd.
tan ignorante ni tan pobre de imaginacin que no acertase a
representrmelas en la mente todo lo bellas, todo lo seductoras que
pueden ser. Mi imaginacin, por el contrario, sobrepujaba a la realidad
en todo eso. Excitada por la lectura de los cantores bblicos y de los
poetas profanos, se finga mujeres ms elegantes, ms graciosas, ms
discretas, que las que por lo comn se hallan en el mundo real. Yo
conoca, pues, el precio del sacrificio que haca, y hasta lo exageraba,
cuando renunci al amor de esas mujeres, pensando elevarme a la dignidad
del sacerdocio. Harto conoca yo lo que puede y debe aadir de encanto a
una mujer hermosa el vestirla de ricas telas y joyas esplendentes, y el
circundarla de todos los primores de la ms refinada cultura y de todas
las riquezas que crean la mano y el ingenio infatigable del hombre.
Harto conoca yo tambin lo que acrecientan el natural despejo, lo que
pulen, realzan y abrillantan la inteligencia de una mujer el trato de
los hombres ms notables por la ciencia, la lectura de buenos libros, el
aspecto mismo de las florecientes ciudades con los monumentos y
grandezas que contienen. Todo esto me lo figuraba yo con tal viveza y lo
vea con tal hermosura, que, no lo dude Vd., si yo llego a ver y a
tratar a esas mujeres de que Vd. me habla, lejos de caer en la adoracin
y en la locura que Vd. predice, tal vez sea un desengao lo que reciba,
al ver cunta distancia media de lo soado a lo real y de lo vivo a lo
pintado.

--Estos de Vd. s que son sofismas!--interrumpi Pepita--. Cmo negar
a Vd. que lo que usted se pinta en la imaginacin es ms hermoso que lo
que existe realmente; pero cmo negar tampoco que lo real tiene ms
eficacia seductora que lo imaginado y soado? Lo vago y areo de un
fantasma, por bello que sea, no compite con lo que mueve materialmente
los sentidos. Contra los ensueos mundanos comprendo que venciesen en su
alma de usted las imgenes devotas; pero temo que las imgenes devotas
no haban de vencer a las mundanas realidades.

--Pues no lo tema Vd., seora--replic don Luis--. Mi fantasa es ms
eficaz en lo que crea que todo el universo, menos Vd., en lo que por los
sentidos transmite.

--Y por qu menos yo? Esto me hace caer en otro recelo. Ser quizs la
idea que Vd. tiene de m, la idea que ama, creacin de esa fantasa tan
eficaz, ilusin en nada conforme conmigo?

--No: no lo es; tengo fe de que esta idea es en todo conforme con Vd.;
pero tal vez es ingnita en mi alma; tal vez est en ella desde que fue
creada por Dios; tal vez es parte de su esencia; tal vez es lo ms puro
y rico de su ser, como el perfume en las flores.

--Bien me lo tema yo! Vd. lo confiesa ahora. Usted no me ama. Eso que
ama Vd. es la esencia, el aroma, lo ms puro de su alma, que ha tomado
una forma parecida a la ma.

--No, Pepita: no se divierta Vd. en atormentarme. Esto que yo amo es
Vd., y Vd. tal cual es; pero es tan bello, tan limpio, tan delicado esto
que yo amo, que no me explico que pase todo por los sentidos, de un modo
grosero, y llegue as hasta mi mente. Supongo, pues, y creo, y tengo por
cierto, que estaba antes en m. Es como la idea de Dios, que estaba en
m, que ha venido a magnificarse y desenvolverse en m, y que sin
embargo tiene su objeto real, superior, infinitamente superior a la
idea. Como creo que Dios existe, creo que existe usted y que vale Vd.
mil veces ms que la idea que de Vd. tengo formada.

--An me queda una duda. No pudiera ser la mujer en general, y no yo
singular y exclusivamente, quien ha despertado esa idea?

--No, Pepita; la magia, el hechizo de una mujer, bella de alma y de
gentil presencia, haban, antes de ver a Vd., penetrado en mi fantasa.
No hay duquesa, ni marquesa en Madrid, ni emperatriz en el mundo, ni
reina ni princesa en todo el orbe, que valgan lo que valen las ideales y
fantsticas criaturas con quienes yo he vivido, porque se aparecan en
los alczares y camarines, estupendos de lujo, buen gusto y exquisito
ornato, que yo edificaba en mis espacios imaginarios, desde que llegu a
la adolescencia, y que daba luego por morada a mis Lauras, Beatrices,
Julietas, Margaritas y Eleonoras, o a mis Cintias, Glceras y Lesbias.
Yo las coronaba en mi mente con diademas y mitras orientales, y las
envolva en mantos de prpura y de oro, y las rodeaba de pompa regia,
como a Ester y a Vasti: yo les prestaba la sencillez buclica de la edad
patriarcal como a Rebeca y a la Sulamita; yo les daba la dulce humildad
y la devocin de Ruth; yo las oa discurrir como Aspasia o Hipatia,
maestras de elocuencia; yo las encumbraba en estrados riqusimos y pona
en ellas reflejos gloriosos de clara sangre y de ilustre prosapia, como
si fuesen las matronas patricias ms orgullosas y nobles de la antigua
Roma; yo las vea ligeras, coquetas, alegres, llenas de aristocrtica
desenvoltura, como las damas del tiempo de Luis XV en Versalles; y yo
las adornaba, ya con pdicas estolas, que infundan veneracin y
respeto, ya con tnicas y peplos sutiles, por entre cuyos pliegues
airosos se dibujaba toda la perfeccin plstica de las gallardas formas;
ya con la _coa_ transparente de las bellas cortesanas de Atenas y Corinto,
para que reluciese, bajo la nebulosa velatura, lo blanco y sonrosado del
bien torneado cuerpo. Pero qu valen los deleites del sentido, ni qu
valen las glorias todas y las magnificencias del mundo, cuando un alma
arde y se consume en el amor divino, como yo entenda, tal vez con
sobrada soberbia, que la ma estaba ardiendo y consumindose? Ingentes
peascos, montaas enteras, si sirven de obstculo a que se dilate el
fuego que de repente arde en el seno de la tierra, vuelan deshechos por
el aire, dando lugar y abriendo paso a la amontonada plvora de la mina
o a las inflamadas materias del volcn en erupcin atronadora. As, o
con mayor fuerza, lanzaba de s mi espritu todo el peso del universo y
de la hermosura creada, que se le pona encima y le aprisionaba
impidindole volar a Dios, como a su centro. No; no he dejado yo por
ignorancia ningn regalo, ninguna dulzura, ninguna gloria: todo lo
conoca y lo estimaba en ms de lo que vale cuando lo despreci por otro
regalo, por otra gloria, por otras dulzuras mayores. El amor profano de
la mujer, no slo ha venido a mi fantasa con cuantos halagos tiene en
s, sino con aquellos hechizos soberanos y casi irresistibles de la ms
peligrosa de las tentaciones: de la que llaman los moralistas tentacin
virgnea, cuando la mente, an no desengaada por la experiencia y el
pecado, se finge en el abrazo amoroso un subidsimo deleite,
inmensamente superior, sin duda, a toda realidad y a toda verdad. Desde
que vivo, desde que soy hombre, y ya hace aos, pues no es tan grande mi
mocedad, he despreciado todas esas sombras y reflejos de deleites y de
hermosuras, enamorado de una hermosura arquetipo y ansioso de un deleite
supremo. He procurado morir en m para vivir en el objeto amado;
desnudar, no ya slo los sentidos, sino hasta las potencias de mi alma,
de afectos del mundo y de figuras y de imgenes, para poder decir con
razn que no soy yo el que vivo, sino que Cristo vive en m.



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