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Ebooks by authors: A B C D E F G H I J K L M N O P Q R S T U V W X Y Z 
Valera, Juan / Pepita Jiménez
Aunque con poco aprovechamiento en la virtud,
aunque nunca libre mi espritu de los fantasmas de la imaginacin,
aunque no exento en m el hombre interior de las impresiones exteriores
y del fatigoso mtodo discursivo, aunque incapaz de reconcentrarme por
un esfuerzo de amor en el centro mismo de la simple inteligencia, en el
pice de la mente, para ver all la verdad y la bondad, desnudas de
imgenes y de formas, aseguro a Vd. que tengo miedo del modo de orar
imaginario, propio de un hombre corporal y tan poco aprovechado como yo
soy. La misma meditacin racional me infunde recelo. No quisiera yo
hacer discursos para conocer a Dios, ni traer razones de amor para
amarle. Quisiera alzarme de un vuelo a la contemplacin esencial e
ntima. Quin me diese alas, como de paloma, para volar al seno del que
ama mi alma? Pero, cules son, dnde estn mis mritos? Dnde las
mortificaciones, la larga oracin y el ayuno? Qu he hecho yo, Dios
mo, para que t me favorezcas?

Harto s que los impos del da presente acusan, con falta completa de
fundamento, a nuestra santa religin de mover las almas a aborrecer
todas las cosas del mundo, a despreciar o a desdear la naturaleza, tal
vez a temerla casi, como si hubiera en ella algo de diablico,
encerrando todo su amor y todo su afecto en el que llaman monstruoso
egosmo del amor divino, porque creen que el alma se ama a s propia
amando a Dios. Harto s que no es as, que no es sta la verdadera
doctrina; que el amor divino es la caridad, y que amar a Dios es amarlo
todo, porque todo est en Dios y Dios est en todo por inefable y alta
manera. Harto s que no peco amando las cosas por el amor de Dios, lo
cual es amarlas por ellas con rectitud; porque qu son ellas ms que la
manifestacin, la obra del amor de Dios? Y, sin embargo, no s qu
extrao temor, qu singular escrpulo, qu apenas perceptible e
indeterminado remordimiento me atormenta ahora, cuando tengo, como
antes, como en otros das de mi juventud, como en la misma niez, alguna
efusin de ternura, algn rapto de entusiasmo, al penetrar en una
enramada frondosa, al or el canto del ruiseor en el silencio de la
noche, al escuchar el po de las golondrinas, al sentir el arrullo
enamorado de la trtola, al ver las flores o al mirar las estrellas. Se
me figura a veces que hay en todo esto algo de delectacin sensual, algo
que me hace olvidar, por un momento al menos, ms altas aspiraciones. No
quiero yo que en m el espritu peque contra la carne; pero no quiero
tampoco que la hermosura de la materia, que sus deleites, aun los ms
delicados, sutiles y areos, aun los que ms bien por el espritu que
por el cuerpo se perciben, como el silbo delgado del aire fresco,
cargado de aromas campesinos, como el canto de las aves, como el
majestuoso y reposado silencio de las horas nocturnas, en estos jardines
y huertas, me distraigan de la contemplacin de la superior hermosura, y
entibien ni por un momento mi amor hacia quien ha creado esta armoniosa
fbrica del mundo.

No se me oculta que todas estas cosas materiales son como las letras de
un libro, son como los signos y caracteres donde el alma, atenta a su
lectura, puede penetrar un hondo sentido y leer y descubrir la hermosura
de Dios, que, si bien imperfectamente, est en ellas como trasunto o ms
bien como cifra, porque no la pintan, sino que la representan. En esta
distincin me fundo a veces para dar fuerza a mis escrpulos y
mortificarme. Porque yo me digo: si amo la hermosura de las cosas
terrenales tales como ellas son, y si la amo con exceso, es idolatra;
debo amarla como signo, como representacin de una hermosura oculta y
divina, que vale mil veces ms, que es incomparablemente superior en
todo.

Hace pocos das cumpl veintids aos. Tal ha sido hasta ahora mi fervor
religioso, que no he sentido ms amor que el inmaculado amor de Dios
mismo y de su santa religin, que quisiera difundir y ver triunfante en
todas las regiones de la tierra. Confieso que algn sentimiento profano
se ha mezclado con esta pureza de afecto. Vd. lo sabe, se lo he dicho
mil veces; y Vd., mirndome con su acostumbrada indulgencia, me ha
contestado que el hombre no es un ngel y que slo pretender tanta
perfeccin es orgullo; que debo moderar esos sentimientos y no empearme
en ahogarlos del todo. El amor a la ciencia, el amor a la propia gloria,
adquirida por la ciencia misma, hasta el formar uno de s propio no
desventajoso concepto; todo ello, sentido con moderacin, velado y
mitigado por la humildad cristiana y encaminado a buen fin, tiene sin
duda algo de egosta; pero puede servir de estmulo y apoyo a las ms
firmes y nobles resoluciones. No es, pues, el escrpulo que me asalta
hoy el de mi orgullo, el de tener sobrada confianza en m mismo, el de
ansiar gloria mundana, o el de ser sobrado curioso de ciencia; no es
nada de esto; nada que tenga relacin con el egosmo, sino en cierto
modo lo contrario. Siento una dejadez, un quebranto, un abandono de la
voluntad, una facilidad tan grande para las lgrimas; lloro tan
fcilmente de ternura al ver una florecilla bonita o al contemplar el
rayo misterioso, tenue y ligersimo de una remota estrella, que casi
tengo miedo.

Dgame Vd. qu piensa de estas cosas; si hay algo de enfermizo en esta
disposicin de mi nimo.

* * * * *

_8 de Abril_.

Siguen las diversiones campestres, en que tengo que intervenir muy a
pesar mo.

He acompaado a mi padre a ver casi todas sus fincas, y mi padre y sus
amigos se pasman de que yo no sea completamente ignorante en las cosas
del campo. No parece sino que para ellos el estudio de la teologa, a
que me he dedicado, es contrario del todo al conocimiento de las cosas
naturales. Cunto han admirado mi erudicin al verme distinguir en las
vias, donde apenas empiezan a brotar los pmpanos, la cepa
Pedro-Jimnez de la balad y de la Don-Bueno! Cunto han admirado
tambin que en los verdes sembrados sepa yo distinguir la cebada del
trigo y el ans de las habas; que conozca muchos rboles frutales y de
sombra; y que, aun de las yerbas que nacen espontneamente en el campo,
acierte yo con varios nombres y refiera bastantes condiciones y
virtudes!

Pepita Jimnez, que ha sabido por mi padre lo mucho que me gustan las
huertas de por aqu, nos ha convidado a ver una que posee a corta
distancia del lugar, y a comer las fresas tempranas que en ella se
cran. Este antojo de Pepita de obsequiar tanto a mi padre, quien la
pretende y a quien desdea, me parece a menudo que tiene su poco de
coquetera, digna de reprobacin; pero cuando veo a Pepita despus, y la
hallo tan natural, tan franca y tan sencilla, se me pasa el mal
pensamiento e imagino que todo lo hace candorosamente y que no la lleva
otro fin que el de conservar la buena amistad que con mi familia la
liga.

Sea como sea, anteayer tarde fuimos a la huerta de Pepita. Es hermoso
sitio, de lo ms ameno y pintoresco que puede imaginarse. El riachuelo
que riega casi todas estas huertas, sangrado por mil acequias, pasa al
lado de la que visitamos: se forma all una presa, y cuando se suelta el
agua sobrante del riego, cae en un hondo barranco poblado en ambas
mrgenes de lamos blancos y negros, mimbrones, adelfas floridas y otros
rboles frondosos. La cascada, de agua limpia y transparente, se derrama
en el fondo, formando espuma, y luego sigue su curso tortuoso por un
cauce que la naturaleza misma ha abierto, esmaltando sus orillas de mil
yerbas y flores, y cubrindolas ahora con multitud de violetas. Las
laderas que hay a un extremo de la huerta estn llenas de nogales,
higueras, avellanos y otros rboles de fruta. Y en la parte llana hay
cuadros de hortaliza, de fresas, de tomates, patatas, judas y
pimientos, y su poco de jardn, con grande abundancia de flores, de las
que por aqu ms comnmente se cran. Los rosales, sobre todo, abundan,
y los hay de mil diferentes especies. La casilla del hortelano es ms
bonita y limpia de lo que en esta tierra se suele ver, y al lado de la
casilla hay otro pequeo edificio reservado para el dueo de la finca, y
donde nos agasaj Pepita con una esplndida merienda, a la cual dio
pretexto el comer las fresas, que era el principal objeto que all nos
llevaba. La cantidad de fresas fue asombrosa para lo temprano de la
estacin, y nos fueron servidas con leche de algunas cabras que Pepita
tambin posee.

Asistimos a esta gira el mdico, el escribano, mi ta doa Casilda, mi
padre y yo; sin faltar el indispensable seor vicario, padre espiritual,
y ms que padre espiritual, admirador y encomiador perpetuo de Pepita.

Por un refinamiento algo sibartico, no fue el hortelano, ni su mujer,
ni el chiquillo del hortelano, ni ningn otro campesino quien nos sirvi
la merienda, sino dos lindas muchachas, criadas y como confidentas de
Pepita, vestidas a lo rstico, si bien con suma pulcritud y elegancia.
Llevaban trajes de percal de vistosos colores, cortos y ceidos al
cuerpo, pauelos de seda cubriendo las espaldas, y descubierta la
cabeza, donde lucan abundantes y lustrosos cabellos negros, trenzados y
atados luego formando un moo en figura de martillo, y por delante rizos
sujetos con sendas horquillas, por ac llamados caracoles. Sobre el moo
o castaa ostentaban cada una de estas doncellas un ramo de frescas
rosas.

Salvo la superior riqueza de la tela y su color negro, no era ms
cortesano el traje de Pepita. Su vestido de merino tena la misma forma
que el de las criadas, y, sin ser muy corto, no arrastraba ni recoga
suciamente el polvo del camino. Un modesto paolito de seda negra cubra
tambin, al uso del lugar, su espalda y su pecho, y en la cabeza no
ostentaba tocado, ni flor, ni joya, ni ms adorno que el de sus propios
cabellos rubios. En la nica cosa que note por parte de Pepita cierto
esmero, en que se apartaba de los usos aldeanos, era en llevar guantes.
Se conoce que cuida mucho sus manos y que tal vez pone alguna vanidad en
tenerlas muy blancas y bonitas, con unas uas lustrosas y sonrosadas,
pero si tiene esta vanidad, es disculpable en la flaqueza humana, y al
fin, si yo no estoy trascordado, creo que Santa Teresa tuvo la misma
vanidad cuando era joven, lo cual no le impidi ser una santa tan
grande.

En efecto, yo me explico, aunque no disculpo, esta pcara vanidad. Es
tan distinguido, tan aristocrtico, tener una linda mano! Hasta se me
figura a veces que tiene algo de simblico. La mano es el instrumento de
nuestras obras, el signo de nuestra nobleza, el medio por donde la
inteligencia reviste de forma sus pensamientos artsticos, y da ser a
las creaciones de la voluntad, y ejerce el imperio que Dios concedi al
hombre sobre todas las criaturas. Una mano ruda, nerviosa, fuerte, tal
vez callosa, de un trabajador, de un obrero, demuestra noblemente ese
imperio; pero en lo que tiene de ms violento y mecnico. En cambio, las
manos de esta Pepita, que parecen casi difanas como el alabastro, si
bien con leves tintas rosadas, donde cree uno ver circular la sangre
pura y sutil, que da a sus venas un ligero viso azul; estas manos, digo,
de dedos afilados y de sin par correccin de dibujo, parecen el smbolo
del imperio mgico, del dominio misterioso que tiene y ejerce el
espritu humano, sin fuerza material, sobre todas las cosas visibles que
han sido inmediatamente creadas por Dios y que por medio del hombre Dios
completa y mejora. Imposible parece que quien tiene manos como Pepita
tenga pensamiento impuro, ni idea grosera, ni proyecto ruin que est en
discordancia con las limpias manos que deben ejecutarle.

No hay que decir que mi padre se mostr tan embelesado como siempre de
Pepita, y ella tan fina y cariosa con l, si bien con un cario ms
filial de lo que mi padre quisiera. Es lo cierto que mi padre, a pesar
de la reputacin que tiene de ser por lo comn poco respetuoso y
bastante profano con las mujeres, trata a sta con un respeto y unos
miramientos tales, que ni Amads los us mayores con la seora Oriana en
el perodo ms humilde de sus pretensiones y galanteos: ni una palabra
que disuene, ni un requiebro brusco e inoportuno, ni un chiste algo
amoroso de estos que con tanta frecuencia suelen permitirse los
andaluces. Apenas si se atreve a decir a Pepita buenos ojos tienes; y
en verdad que si lo dijese no mentira, porque los tiene grandes, verdes
como los de Circe, hermosos y rasgados; y lo que ms mrito y valor les
da, es que no parece sino que ella no lo sabe, pues no se descubre en
ella la menor intencin de agradar a nadie ni de atraer a nadie con lo
dulce de sus miradas. Se dira que cree que los ojos sirven para ver y
nada ms que para ver. Lo contrario de lo que yo, segn he odo decir,
presumo que creen la mayor parte de las mujeres jvenes y bonitas, que
hacen de los ojos un arma de combate y como un aparato elctrico o
fulmneo para rendir corazones y cautivarlos. No son as, por cierto,
los ojos de Pepita, donde hay una serenidad y una paz como del cielo. Ni
por eso se puede decir que miren con fra indiferencia. Sus ojos estn
llenos de caridad y de dulzura. Se posan con afecto en un rayo de luz,
en una flor, hasta en cualquier objeto inanimado; pero con ms afecto
an, con muestras de sentir ms blando, humano y benigno, se posan en el
prjimo, sin que el prjimo, por joven, gallardo y presumido que sea, se
atreva a suponer nada ms que caridad y amor al prjimo, y, cuando ms,
predileccin amistosa, en aquella serena y tranquila mirada.

Yo me paro a pensar si todo esto ser estudiado; si esta Pepita ser una
gran comedianta; pero sera tan perfecto el fingimiento y tan oculta la
comedia, que me parece imposible. La misma naturaleza, pues, es la que
gua y sirve de norma a esta mirada y a estos ojos. Pepita, sin duda,
am a su madre primero, y luego las circunstancias la llevaron a amar a
D. Gumersindo por deber, como al compaero de su vida; y luego, sin
duda, se extingui en ella toda pasin que pudiera inspirar ningn
objeto terreno, y am a Dios, y am las cosas todas por amor de Dios, y
se encontr quizs en una situacin de espritu apacible y hasta
envidiable, en la cual, si tal vez hubiese algo que censurar, sera un
egosmo del que ella misma no se da cuenta. Es muy cmodo amar de este
modo suave, sin atormentarse con el amor; no tener pasin que combatir;
hacer del amor y del afecto a los dems un aditamento y como un
complemento del amor propio.

A veces me pregunto a m mismo, si al censurar en mi interior esta
condicin de Pepita, no soy yo quien me censuro. Qu s yo lo que pasa
en el alma de esa mujer, para censurarla? Acaso, al creer que veo su
alma, no es la ma la que veo? Yo no he tenido ni tengo pasin alguna
que vencer: todas mis inclinaciones bien dirigidas, todos mis instintos
buenos y malos, merced a la sabia enseanza de usted, van sin obstculos
ni tropiezos encaminados al mismo propsito; cumplindolo se satisfaran
no slo mis nobles y desinteresados deseos, sino tambin mis deseos
egostas, mi amor a la gloria, mi afn de saber, mi curiosidad de ver
tierras distantes, mi anhelo de ganar nombre y fama. Todo esto se cifra
en llegar al trmino de la carrera que he emprendido. Por este lado, se
me antoja a veces que soy ms censurable que Pepita, aun suponindola
merecedora de censura.

Yo he recibido ya las rdenes menores; he desechado de mi alma las
vanidades del mundo; estoy tonsurado; me he consagrado al altar, y sin
embargo, un porvenir de ambicin se presenta a mis ojos y veo con gusto
que puedo alcanzarle y me complazco en dar por ciertas y valederas las
condiciones que tengo para ello, por ms que a veces llame a la modestia
en mi auxilio a fin de no confiar demasiado. En cambio esta mujer a qu
aspira ni qu quiere? Yo la censuro de que se cuida las manos; de que
mira tal vez con complacencia su belleza; casi la censuro de su
pulcritud, del esmero que pone en vestirse, de yo no s qu coquetera
que hay en la misma modestia y sencillez con que se viste. Pues qu!
La virtud ha de ser desaliada? Ha de ser sucia la santidad? Un alma
pura y limpia, no puede complacerse en que el cuerpo tambin lo sea? Es
extraa esta malevolencia con que miro el primor y el aseo de Pepita.
Ser tal vez porque va a ser mi madrastra? Pero si no quiere ser mi
madrastra! Si no quiere a mi padre! Verdad es que las mujeres son
raras: quin sabe si en el fondo de su alma no se siente inclinada ya a
querer a mi padre y a casarse con l, si bien, atendiendo a aquello de
que lo que mucho vale mucho cuesta, se propone, pseme Vd. la palabra,
molerle antes con sus desdenes, tenerle sujeto a su servidumbre, poner a
prueba la constancia de su afecto y acabar por darle el plcido s.
All veremos!

Ello es que la fiesta en la huerta fue apaciblemente divertida: se habl
de flores, de frutos, de injertos, de plantaciones y de otras mil cosas
relativas a la labranza, luciendo Pepita sus conocimientos agrnomos en
competencia con mi padre, conmigo y con el seor vicario, que se queda
con la boca abierta cada vez que habla Pepita, y jura que en los setenta
y pico de aos que tiene de edad, y en sus largas peregrinaciones, que
le han hecho recorrer casi toda la Andaluca, no ha conocido mujer ms
discreta ni ms atinada en cuanto piensa y dice.

Cuando volvemos a casa de cualquiera de estas expediciones, vuelvo a
insistir con mi padre en mi ida con Vd. a fin de que llegue el suspirado
momento de que yo me vea elevado al sacerdocio; pero mi padre est tan
contento de tenerme a su lado y se siente tan a gusto en el lugar,
cuidando de sus fincas, ejerciendo mero y mixto imperio como cacique, y
adorando a Pepita y consultndoselo todo como a su ninfa Egeria, que
halla siempre y hallar an, tal vez durante algunos meses, fundado
pretexto para retenerme aqu. Ya tiene que clarificar el vino de yo no
s cuntas pipas de la candiotera; ya tiene que trasegar otro; ya es
menester binar los majuelos; ya es preciso arar los olivares, y cavar
los pies a los olivos: en suma, me retiene aqu contra mi gusto; aunque
no debiera yo decir contra mi gusto, porque le tengo muy grande en
vivir con un padre que es para m tan bueno.

Lo malo es que con esta vida temo materializarme demasiado: me parece
sentir alguna sequedad de espritu durante la oracin; mi fervor
religioso disminuye; la vida vulgar va penetrando y se va infiltrando en
mi naturaleza. Cuando rezo, padezco distracciones; no pongo en lo que
digo a mis solas, cuando el alma debe elevarse a Dios, aquella atencin
profunda que antes pona. En cambio, la ternura de mi corazn, que no se
fija en objeto condigno, que no se emplea y consume en lo que debiera,
brota y como que rebosa en ocasiones por objetos y circunstancias que
tienen mucho de pueriles, que me parecen ridculos, y de los cuales me
avergenzo. Si me despierto en el silencio de la alta noche y oigo que
algn campesino enamorado canta, al son de su guitarra mal rasgueada,
una copla de fandango o de rondeas, ni muy discreta, ni muy potica, ni
muy delicada, suelo enternecerme como si oyera la ms celestial meloda.
Una compasin loca, insana, me aqueja a veces. El otro da cogieron los
hijos del aperador de mi padre un nido de gorriones, y al ver yo los
pajarillos sin plumas an y violentamente separados de la madre
cariosa, sent suma angustia, y, lo confieso, se me saltaron las
lgrimas. Pocos das antes, trajo del campo un rstico una ternerita que
se haba perniquebrado; iba a llevarla al matadero y vena a decir a mi
padre qu quera de ella para su mesa: mi padre pidi unas cuantas
libras de carne, la cabeza y las patas; yo me conmov al ver la
ternerita y estuve a punto, aunque la vergenza lo impidi, de
comprrsela al hombre, a ver si yo la curaba y conservaba viva. En fin,
querido to, menester es tener la gran confianza que tengo yo con Vd.
para contarle estas muestras de sentimiento extraviado y vago, y hacerle
ver con ellas que necesito volver a mi antigua vida, a mis estudios, a
mis altas especulaciones, y acabar por ser sacerdote para dar al fuego
que devora mi alma el alimento sano y bueno que debe tener.

* * * * *

_14 de Abril_.

Sigo haciendo la misma vida de siempre y detenido aqu a ruegos de mi
padre.

El mayor placer de que disfruto, despus del de vivir con l, es el
trato y conversacin del seor vicario, con quien suelo dar a solas
largos paseos. Imposible parece que un hombre de su edad, que debe de
tener cerca de los ochenta aos, sea tan fuerte, gil y andador. Antes
me canso yo que l, y no queda vericueto, ni lugar agreste, ni cima de
cerro escarpado en estas cercanas, a donde no lleguemos.

El seor vicario me va reconciliando mucho con el clero espaol, a quien
algunas veces he tildado yo, hablando con Vd., de poco ilustrado.
Cunto ms vale, me digo a menudo, este hombre, lleno de candor y de
buen deseo, tan afectuoso e inocente, que cualquiera que haya ledo
muchos libros y en cuya alma no arda con tal viveza como en la suya el
fuego de la caridad unido a la fe ms sincera y ms pura! No crea Vd.
que es vulgar el entendimiento del seor vicario: es un espritu
inculto; pero despejado y claro. A veces imagino que pueda provenir la
buena opinin que de l tengo, de la atencin con que me escucha; pero,
si no es as, me parece que todo lo entiende con notable perspicacia y
que sabe unir al amor entraable de nuestra santa religin el aprecio de
todas las cosas buenas que la civilizacin moderna nos ha trado. Me
encantan, sobre todo, la sencillez, la sobriedad en hiperblicas
manifestaciones de sentimentalismo, la naturalidad, en suma, con que el
seor vicario ejerce las ms penosas obras de caridad. No hay desgracia
que no remedie, ni infortunio que no consuele, ni humillacin que no
procure restaurar, ni pobreza a que no acuda solcito con un socorro.

Para todo esto, fuerza es confesarlo, tiene un poderoso auxiliar en
Pepita Jimnez, cuya devocin y natural compasivo siempre est l
poniendo por las nubes.

El carcter de esta especie de culto que el vicario rinde a Pepita, va
sellado, casi se confunde con el ejercicio de mil buenas obras; con las
limosnas, el rezo, el culto pblico y el cuidado de los menesterosos.
Pepita no da slo para los pobres, sino tambin para novenas, sermones y
otras fiestas de iglesia. Si los altares de la parroquia brillan a veces
adornados de bellsimas flores, estas flores se deben a la munificencia
de Pepita, que las ha hecho traer de sus huertas. Si en lugar del
antiguo manto, viejo y rado que tena la Virgen de los Dolores, luce
hoy un flamante y magnfico manto de terciopelo negro, bordado de plata,
Pepita es quien lo ha costeado. Estos y otros tales beneficios el
vicario est siempre decantndolos y ensalzndolos. As es que cuando no
hablo yo de mis miras, de mi vocacin, de mis estudios, lo cual embelesa
en extremo al seor vicario y le trae suspenso de mis labios, cuando es
l quien habla y yo quien escucho, la conversacin, despus de mil
vueltas y rodeos, viene a parar siempre en hablar de Pepita Jimnez. Y
al cabo, de quin me ha de hablar el seor vicario? Su trato con el
mdico, con el boticario, con los ricos labradores de aqu, apenas da
motivo para tres palabras de conversacin. Como el seor vicario posee
la rarsima cualidad en un lugareo, de no ser amigo de contar vidas
ajenas ni lances escandalosos, de nadie tiene que hablar sino de la
mencionada mujer, a quien visita con frecuencia y con quien, segn se
desprende de lo que dice, tiene los ms ntimos coloquios.

No s qu libros habr ledo Pepita Jimnez, ni que instruccin tendr;
pero de lo que cuenta el seor vicario se colige que est dotada de un
espritu inquieto e investigador, donde se ofrecen infinitas cuestiones
y problemas que anhela dilucidar y resolver, presentndolos para ello al
seor vicario, a quien deja agradablemente confuso. Este hombre, educado
a la rstica, clrigo de misa y olla, como vulgarmente suele decirse,
tiene el entendimiento abierto a toda luz de verdad, aunque carece de
iniciativa, y, por lo visto, los problemas y cuestiones que Pepita le
presenta, le abren nuevos horizontes y nuevos caminos, aunque nebulosos
y mal determinados, que l no presuma siquiera, que no acierta a trazar
con exactitud; pero cuya vaguedad, novedad y misterio le encantan.

No desconoce el padre vicario que esto tiene mucho de peligroso, y que
l y Pepita se exponen a dar sin saberlo, en alguna hereja; pero se
tranquiliza porque, distando mucho de ser un gran telogo, sabe su
catecismo al dedillo, tiene confianza en Dios, que le iluminar, y
espera no extraviarse, y da por cierto que Pepita seguir sus consejos y
no se extraviar nunca.

As imaginan ambos mil poesas, aunque informes, bellas, sobre todos los
misterios de nuestra religin y artculos de nuestra fe. Inmensa es la
devocin que tienen a Mara Santsima, Seora nuestra, y yo me quedo
absorto de ver cmo saben enlazar la idea o el concepto popular de la
Virgen con algunos de los ms remontados pensamientos teolgicos.

Por lo que relata el padre vicario entreveo que en el alma de Pepita
Jimnez, en medio de la serenidad y calma que aparenta, hay clavado un
agudo dardo de dolor; hay un amor de pureza contrariado por su vida
pasada. Pepita am a D. Gumersindo, como a su compaero, como a su
bienhechor, como al hombre a quien todo se lo debe; pero la atormenta,
la avergenza el recuerdo de que D. Gumersindo fue su marido.

En su devocin a la Virgen se descubre un sentimiento de humillacin
dolorosa, un torcedor, una melancola que influye en su mente el
recuerdo de su matrimonio indigno y estril.

Hasta en su adoracin al nio Dios, representado en la preciosa imagen
de talla que tiene en su casa, interviene el amor maternal sin objeto,
el amor maternal que busca ese objeto en un ser no nacido de pecado y de
impureza.

El padre vicario dice que Pepita adora al nio Jess como a su Dios,
pero que le ama con las entraas maternales con que amara a un hijo, si
le tuviese, y si en su concepcin no hubiera habido cosa de que tuviera
ella que avergonzarse. El padre vicario nota que Pepita suea con la
madre ideal y con el hijo ideal, inmaculados ambos, al rezar a la Virgen
Santsima, y al cuidar a su lindo nio Jess de talla.

Aseguro a Vd. que no s qu pensar de todas estas extraezas. Conozco
tan poco lo que son las mujeres! Lo que de Pepita me cuenta el padre
vicario me sorprende, y si bien ms a menudo entiendo que Pepita es
buena y no mala, a veces me infunde cierto terror por mi padre. Con los
cincuenta y cinco aos que tiene, creo que est enamorado, y Pepita,
aunque buena por reflexin, puede, sin premeditarlo ni calcularlo, ser
un instrumento del espritu del mal; puede tener una coquetera
irreflexiva e instintiva, ms invencible, eficaz y funesta an que la
que procede de premeditacin, clculo y discurso.

Quin sabe, me digo yo a veces, si a pesar de las buenas obras de
Pepita, de sus rezos, de su vida devota y recogida, de sus limosnas y de
sus donativos para las iglesias, en todo lo cual se puede fundar el
afecto que el padre vicario la profesa, no hay tambin un hechizo
mundano, no hay algo de magia diablica en este prestigio de que se
rodea y con el cual emboba a este cndido padre vicario, y le lleva y le
trae y le hace que no piense ni hable sino de ella a todo momento?

El mismo imperio que ejerce Pepita sobre un hombre tan descredo como mi
padre, sobre una naturaleza tan varonil y poco sentimental, tiene en
verdad mucho de raro.

No explican tampoco las buenas obras de Pepita el respeto y afecto que
infunde por lo general en estos rsticos. Los nios pequeuelos acuden a
verla las pocas veces que sale a la calle y quieren besarla la mano; las
mozuelas le sonren y la saludan con amor; los hombres todos se quitan
el sombrero a su paso y se inclinan con la ms espontnea reverencia y
con la ms sencilla y natural simpata.

Pepita Jimnez, a quien muchos han visto nacer, a quien vieron todos en
la miseria, viviendo con su madre, a quien han visto despus casada con
el decrpito y avaro D. Gumersindo, hace olvidar todo esto, y aparece
como un ser peregrino, venido de alguna tierra lejana, de alguna esfera
superior, pura y radiante, y obliga y mueve al acatamiento afectuoso, a
algo como admiracin amantsima a todos sus compatricios.

Veo que distradamente voy cayendo en el mismo defecto que en el padre
vicario censuro, y que no hablo a Vd. sino de Pepita Jimnez. Pero esto
es natural. Aqu no se habla de otra cosa. Se dira que todo el lugar
est lleno del espritu, del pensamiento, de la imagen de esta singular
mujer, que yo no acierto an a determinar si es un ngel o una refinada
coqueta llena de _astucia instintiva_, aunque los trminos parezcan
contradictorios. Porque lo que es con plena conciencia estoy convencido
de que esta mujer no es coqueta ni suea en ganarse voluntades para
satisfacer su vanagloria.

Hay sinceridad y candor en Pepita Jimnez. No hay ms que verla para
creerlo as. Su andar airoso y reposado, su esbelta estatura, lo terso y
despejado de su frente, la suave y pura luz de sus miradas, todo se
concierta en un ritmo adecuado, todo se une en perfecta armona, donde
no se descubre nota que disuene.

Cunto me pesa de haber venido por aqu y de permanecer aqu tan largo
tiempo! Haba pasado la vida en su casa de Vd. y en el Seminario, no
haba visto ni tratado ms que a mis compaeros y maestros; nada conoca
del mundo sino por especulacin y teora; y de pronto, aunque sea en un
lugar, me veo lanzado en medio del mundo, y distrado de mis estudios,
meditaciones y oraciones por mil objetos profanos.

* * * * *

_20 de Abril_.

Las ltimas cartas de Vd., queridsimo to, han sido de grata
consolacin para mi alma. Benvolo como siempre, me amonesta Vd. y me
ilumina con advertencias tiles y discretas.

Es verdad: mi vehemencia es digna de vituperio. Quiero alcanzar el fin
sin poner los medios; quiero llegar al trmino de la jornada sin andar
antes paso a paso el spero camino.

Me quejo de sequedad de espritu en la oracin, de distrado, de disipar
mi ternura en objetos pueriles; anso volar al trato ntimo con Dios, a
la contemplacin esencial, y desdeo la oracin imaginaria y la
meditacin racional y discursiva. Cmo sin obtener la pureza, cmo sin
ver la luz he de lograr el goce del amor?

Hay mucha soberbia en m, y yo he de procurar humillarme a mis propios
ojos, a fin de que el espritu del mal no me humille, permitindolo
Dios, en castigo de mi presuncin y de mi orgullo.

No creo, a pesar de todo, como Vd. me advierte, que es tan fcil para m
una fea y no pensada cada. No confo en m: confo en la misericordia
de Dios y en su gracia, y espero que no sea.

Con todo, razn tiene Vd. que le sobra en aconsejarme que no me ligue
mucho en amistad con Pepita Jimnez; pero yo disto bastante de estar
ligado con ella.

No ignoro que los varones religiosos y los santos, que deben servirnos
de ejemplo y dechado, cuando tuvieron gran familiaridad y amor con
mujeres, fue en la ancianidad, o estando ya muy probados y quebrantados
por la penitencia, o existiendo una notable desproporcin de edad entre
ellos y las piadosas amigas que elegan; como se cuenta de San Jernimo
y Santa Paulina, y de San Juan de la Cruz y Santa Teresa. Y aun as, y
aun siendo el amor de todo punto espiritual, s que puede pecar por
demasa. Porque Dios, no ms, debe ocupar nuestra alma, como su dueo y
esposo, y cualquiera otro ser que en ella more, ha de ser slo a ttulo
de amigo o siervo o hechura del esposo, y en quien el esposo se
complace.

No crea Vd., pues, que yo me jacte de invencible, y desdee los peligros
y los desafe y los busque. En ellos perece quien los ama. Y cuando el
rey profeta, con ser tan conforme al corazn del Seor y tan su valido,
y cuando Salomn, a pesar de su sobrenatural e infusa sabidura, fueron
conturbados y pecaron, porque Dios quit su faz de ellos, qu no debo
temer yo, msero pecador, tan joven, tan inexperto de las astucias del
demonio, y tan poco firme y adiestrado en las peleas de la virtud?

Lleno de un provechoso temor de Dios, y con la debida desconfianza de mi
flaqueza, no olvidar los consejos y prudentes amonestaciones de usted,
rezando con fervor mis oraciones y meditando en las cosas divinas para
aborrecer las mundanas en lo que tienen de aborrecibles; pero aseguro a
Vd. que hasta ahora, por ms que ahondo en mi conciencia y registro con
suspicacia sus ms escondidos senos, nada descubro que me haga temer lo
que Vd. teme.

Si de mis cartas anteriores resultan encomios para el alma de Pepita
Jimnez, culpa es de mi padre y del seor vicario y no ma; porque al
principio, lejos de ser favorable a esta mujer, estaba yo prevenido
contra ella con prevencin injusta.

En cuanto a la belleza y donaire corporal de Pepita, crea Vd. que lo he
considerado todo con entera limpieza de pensamiento. Y aunque me sea
costoso el decirlo, y aunque a Vd. le duela un poco, le confesar que si
alguna leve mancha ha venido a empaar el sereno y pulido espejo de mi
alma en que Pepita se reflejaba, ha sido la ruda sospecha de usted, que
casi me ha llevado por un instante a que yo mismo sospeche.

Pero no: qu he pensado yo, qu he mirado, qu he celebrado en Pepita,
por donde nadie pueda colegir que propendo a sentir por ella algo que no
sea amistad y aquella inocente y limpia admiracin que inspira una obra
de arte, y ms si la obra es del Artfice soberano y nada menos que su
templo?

Por otra parte, querido to, yo tengo que vivir en el mundo, tengo que
tratar a las gentes, tengo que verlas, y no he de arrancarme los ojos.
Usted me ha dicho mil veces que me quiere en la vida activa, predicando
la ley divina, difundindola por el mundo, y no entregado a la vida
contemplativa en la soledad y el aislamiento. Ahora bien; si esto es
as, como lo es, de qu suerte me haba yo de gobernar para no reparar
en Pepita Jimnez? A no ponerme en ridculo, cerrando en su presencia
los ojos, fuerza es que yo vea y note la hermosura de los suyos, lo
blanco, sonrosado y limpio de su tez; la igualdad y el nacarado esmalte
de los dientes que descubre a menudo cuando sonre, la fresca prpura de
sus labios, la serenidad y tersura de su frente, y otros mil atractivos
que Dios ha puesto en ella. Claro est que para el que lleva en su alma
el germen de los pensamientos livianos, la levadura del vicio, cada una
de las impresiones que Pepita produce puede ser como el golpe del
eslabn que hiere el pedernal y que hace brotar la chispa que todo lo
incendia y devora; pero, yendo prevenido contra este peligro, y
reparndome y cubrindome bien con el escudo de la prudencia cristiana,
no encuentro que tenga yo nada que recelar. Adems que, si bien es
temerario buscar el peligro, es cobarda no saber arrostrarle y huir de
l cuando se presenta.

No lo dude Vd.: yo veo en Pepita Jimnez una hermosa criatura de Dios, y
por Dios la amo, como a hermana. Si alguna predileccin siento por ella
es por las alabanzas que de ella oigo a mi padre, al seor vicario y a
casi todos los de este lugar.

Por amor a mi padre deseara yo que Pepita desistiese de sus ideas y
planes de vida retirada y se casase con l; pero prescindiendo de esto,
y si yo viese que mi padre slo tena un capricho y no una verdadera
pasin, me alegrara de que Pepita permaneciese firme en su casta
viudez, y cuando yo estuviese muy lejos de aqu, all en la India o en
el Japn, o en algunas misiones ms peligrosas, tendra un consuelo en
escribirle algo sobre mis peregrinaciones y trabajos. Cuando, ya viejo,
volviese yo por este lugar, tambin gozara mucho en intimar con ella,
que estara ya vieja, y en tener con ella coloquios espirituales y
plticas por el estilo de las que tiene ahora el padre vicario. Hoy, sin
embargo, como soy mozo, me acerco poco a Pepita; apenas la hablo.
Prefiero pasar por encogido, por tonto, por mal criado y arisco, a dar
la menor ocasin, no ya a la realidad de sentir por ella lo que no debo,
pero ni a la sospecha ni a la maledicencia.

En cuanto a Pepita, ni remotamente convengo en lo que Vd. deja entrever
como vago recelo. Qu plan ha de formar respecto a un hombre que va a
ser clrigo dentro de dos o tres meses? Ella, que ha desairado a tantos,
por qu haba de prendarse de m? Harto me conozco, y s que no puedo,
por fortuna, inspirar pasiones. Dicen que no soy feo, pero soy
desmaado, torpe, corto de genio, poco ameno; tengo trazas de lo que
soy; de un estudiante humilde. Qu valgo yo al lado de los gallardos
mozos, aunque algo rsticos, que han pretendido a Pepita; giles
jinetes, discretos y regocijados en la conversacin, cazadores como
Nembrot, diestros en todos los ejercicios de cuerpo, cantadores finos y
celebrados en todas las ferias de Andaluca, y bailarines apuestos,
elegantes y primorosos? Si Pepita ha desairado todo esto, cmo ha de
fijarse ahora en m y ha de concebir el diablico deseo y ms diablico
proyecto de turbar la paz de mi alma, de hacerme abandonar mi vocacin,
tal vez de perderme? No, no es posible. Yo creo buena a Pepita, y a m,
lo digo sin mentida modestia, me creo insignificante. Ya se entiende que
me creo insignificante para enamorarla, no para ser su amigo; no para
que ella me estime y llegue a tener un da cierta predileccin por m,
cuando yo acierte a hacerme digno de esta predileccin con una santa y
laboriosa vida.

Perdneme Vd. si me defiendo con sobrado calor de ciertas reticencias de
la carta de Vd. que suenan a acusaciones y a fatdicos pronsticos.

Yo no me quejo de esas reticencias; Vd. me da avisos prudentes, gran
parte de los cuales acepto y pienso seguir. Si va Vd. ms all de lo
justo en el recelar consiste sin duda en el inters que por m se toma y
que yo de todo corazn le agradezco.

* * * * *

_4 de Mayo_.

Extrao es que en tantos das, yo no haya tenido tiempo para escribir a
Vd.; pero tal es la verdad. Mi padre no me deja parar y las visitas me
asedian.

En las grandes ciudades es fcil no recibir, aislarse, crearse una
soledad, una Tebaida en medio del bullicio: en un lugar de Andaluca, y
sobre todo teniendo la honra de ser hijo del cacique, es menester vivir
en pblico. No ya slo hasta al cuarto donde escribo, sino hasta a mi
alcoba penetran, sin que nadie se atreva a oponerse, el seor vicario,
el escribano, mi primo Currito, hijo de doa Casilda, y otros mil que me
despiertan si estoy dormido y me llevan donde quieren.

El casino no es aqu mera diversin nocturna sino de todas las horas del
da. Desde las once de la maana est lleno de gente que charla, que lee
por cima algn peridico para saber las noticias, y que juega al
tresillo. Personas hay que se pasan diez o doce horas al da jugando a
dicho juego. En fin, hay aqu una holganza tan encantadora que ms no
puede ser. Las diversiones son muchas, a fin de entretener dicha
holganza. Adems del tresillo se arma la timbirimba con frecuencia; y se
juega al monte. Las damas, el ajedrez y el domin no se descuidan. Y por
ltimo, hay una pasin decidida por las rias de gallos.

Todo esto, con el visiteo, el ir al campo a inspeccionar las labores, el
ajustar todas las noches las cuentas con el aperador, el visitar las
bodegas y candioteras, y el clarificar, trasegar y perfeccionar los
vinos, y el tratar con gitanos y chalanes para compra, venta o
cambalache de los caballos, mulas y borricos, o con gente de Jerez que
viene a comprar nuestro vino para trocarle en jerezano, ocupa aqu de
diario a los hidalgos, seoritos o como quieran llamarse. En ocasiones
extraordinarias, hay otras faenas y diversiones que dan a todo ms
animacin, como en tiempo de la siega, de la vendimia y de la
recoleccin de la aceituna; o bien cuando hay feria y toros aqu o en
otro pueblo cercano, o bien cuando hay romera al santuario de alguna
milagrosa imagen de Mara Santsima, a donde, si acuden no pocos por
curiosidad y para divertirse y feriar a sus amigas cupidos y
escapularios, ms son los que acuden por devocin y en cumplimiento de
voto o promesa. Hay santuario de estos que est en la cumbre de una
elevadsima sierra, y con todo, no faltan an mujeres delicadas que
suben all con los pies descalzos, hirindoselos con abrojos, espinas y
piedras, por el pendiente y mal trazado sendero.

La vida de aqu tiene cierto encanto.



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