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Cané, Miguel / En viaje (1881-1882)
"LA CULTURA ARGENTINA"

MIGUEL CAN

EN VIAJE

(1881-1882)

Precedido por un juicio crtico de

ERNESTO QUESADA

BUENOS AIRES
La Cultura Argentina--Avenida de Mayo 646

1917




INDICE


Miguel Can

Juicio crtico de Ernesto Quesada

Dos palabras

Introduccin


CAPITULO I

De Buenos Aires a Burdeos.

De nuevo en el mar.--La baha de Ro de Janeiro.--La rada y la
ciudad.--Tijuca.--Las costas de frica.--La hermana de caridad.--El
Tajo.--La cuarentena en el Gironde.--Burdeos.


CAPITULO II

En Pars.

En viaje para Pars.--De Bolivia a Ro de Janeiro en mula.--La
Turena.--En Pars.--El Louvre y el Luxemburgo.--Cmo debe visitarse un
museo.--La Cmara de Diputados: Gambetta.--El Senado: Simon y
Pelletn.--El 14 de Julio en Pars.--La revista militar: M. Grvy.--Las
plazas y las calles por la noche.--La Marsellesa.--La sesin anual del
Instituto.--M. Renn.


CAPITULO III

Quince das en Londres.

De Pars a Londres.--Merry England.--La llegada--Impresiones en
Covent-Garden.--El foyer.--Mi vecina.--Westminster.--La Cmara de los
Comunes.--Las sombras del pasado.--El ltimo romano.--Gladstone
orador.--Una ojeada al British Museum.--El Brown en Greendy.


CAPITULO IV

Las antillas francesas.

Adis a Pars.--La Vende.--Saint-Nazaire.--"La ville de Brest".--Las
islas Azores.--El bautismo en los trpicos.--La
Guadalupe.--Pointe--Pitre.--Las frutas tropicales.--Basse-Terre y
Saint-Pierre.--La Martinica.--Fort-de-France.--Una fiesta en la
Sabane.--Las negras.--Las hurs de bano.--El embarque del carbn.--El
tambor alentador.--La "bamboula" a la luz elctrica.--La danza
lasciva.--El azote de la Martinica.--Una opinin cruda.--El antagonismo
de raza.--Triste porvenir.


CAPITULO V

En Venezuela.

La despedida.--Costa-Firme.--La Guayra.--Detencin forzosa.--La cara de
Venezuela.--De La Guayra a Caracas.--La Montaa.--Una necesidad
suprema.--Ojeada sobre Venezuela.--Su situacin y productos.--El
coloniaje.--La guerra de la independencia.--El decreto de Trujillo.--La
anarqua.--Gente de paz!--La leccin del pasado.--La ciudad de
Caracas.--Los temblores.--El Calvario.--La plaza de toros.--El pueblo
soberano.--La cultura venezolana.


CAPITULO VI

En el mar Caribe.

Mal presagio.--El Avila.--De nuevo en la Guayra.--El hotel
Neptuno.--Cmo se come y cmo se duerme.--Cinco das mortales.--La rada
de la Guayra.--El embarco.--Macuto.--Una compaa de pera.--El
"Saint-Simon".--Puerto Cabello.--La fortaleza.--Las bvedas.--El general
Miranda.--Una sombra sobre Bolvar.--Las bocas del Magdalena.--La
hospitalidad colombiana.


CAPITULO VII

El ro Magdalena.

De Salgar a Barranquilla.--La vegetacin.--El manzanillo.--Cabras y
yanquis.--La fiebre.--Barranquilla.--La "brisa".--La atmsfera
enervante.--El fatal retardo.--Preparativos.--El ro Magdalena.--Su
navegacin.--Regaderos y chorros.--Los "champanes".--Cmo se navegaba en
el pasado.--El "Antioqua".--"Jupiter dementat..."--Los vapores del
Magdalena.--La voluntad.--Cmo se come y cmo se bebe.--Los bogas del
Magdalena.--Samarios y cartageneros.--El embarque de la lea.--El
"burro".--Las costas desiertas.--Mompox.--Magang.--Colombia y el Plata.


CAPITULO VIII

Cuadros de viaje

Una hiptesis filolgica!--La vida del boga y sus peligros.--Principio
del viaje.--Consejos e instrucciones.--Los vapores.--Las
chozas.--Aspecto de la naturaleza.--Las tardes del Magdalena.--Calma
soberana.--Los mosquitos.--La confeccin del lecho.--Bao ruso.--El
sondaje.--Das horribles.--Los compaeros de a bordo.--Un
vapor!--Decepcin.--Agona lenta.--Por fin!--El Montoya.--Los
caimanes.--Sus costumbres.--La plaga del Magdalena.--Combates.--Madres
sensibles.--Guerra al caimn.


CAPITULO IX

Cuadros de viaje (continuacin).

Angostura.--La naturaleza salvaje y esplndida.--Los bosques
vrgenes.--Aves y micos.--Nare.--Aspectos.--Los chorros.--El
"Guarin".--Cmo se pasa un chorro.--El capitn Maal.--Su teora.--El
"Mesuno".--La cosa apura.--Cabo a tierra.--Pasamos.--Bodegas de
Bogot.--La cuestin mulas.--Recepcin afectuosa.--Dificultades con que
lucha Colombia.--La aventura de M. Andr.


CAPITULO X

La noche de Consuelo.

En camino.--El orden de la marcha.--Mim y Dizzy.--Los
compaeros.--Little Georgy.--They are gone!--La noche cae.--Los
peligros.--"Consuelo".--El dormitorio comn.--El cuadro.--Viena y
Pars.--El grillo.--La alpargata.--El gallo de mi vecino.--La noche de
consuelo.--La maana.--La naturaleza.--La temperatura.--El guarapo.--El
valle de Guaduas.--El caf.--Los indios portadores.--El eterno
piano.--El porquero.--Las indias viajeras.--La chicha.


CAPITULO XI

Las ltimas jornadas.

El hotel del Valle.--De Guaduas a Villeta.--Ruda jornada.--La mula.--El
hotel de Villeta.--Hospitalidad cariosa.--Parlamento con un
indio.--Consigo un caballo.--Chimbe.--La eterna ascensin.--Un recuerdo
de Schiller.--El fro avanza.--Despedida.--Un recuerdo al que
parti.--Agua Larga.--La calzada.--El "Alto del Roble".--La sabana de
Bogot.--Manzanos.--Facatativ.--En Bogot.


CAPITULO XII

Una ojeada sobre Colombia.

El pas.--Su configuracin.--Ros y montaas.--Clima.--Divisin
poltica.--Plano intelectual.--El Cauca.--Porvenir de
Colombia.--Organizacin poltica.--La capital.--La
constitucin.--Libertades absolutas.--La Prensa.--La palabra.--En el
Senado.--El elemento militar.--Los conatos de
dictadura.--Bolvar.--Melo.--Los
partidos.--Conservadores.--Radicales.--Independientes.--Ideas
extremas.--La asamblea constituyente.


CAPITULO XIII

Bogot.

Primera impresin.--La plazuela de San Victorino.--El mercado de
Bogot.--La Espaa de Cervantes.--El cao.--La higiene.--Las
literas.--Las serenatas.--Las plazas.--Poblacin.--La elefantasis.--El
Dr. Vargas.--Las iglesias.--Un cura colorista.--El Capitolio.--El pueblo
es religioso.--Las procesiones.--El Altozano.--Los polticos.--Algunos
nombres.--La crnica social.--La nostalgia del Altozano.


CAPITULO XIV

La sociedad.


Cordialidad.--La primer comida.--La juventud.--Su corte intelectual.--El
"cachaco" bogotano.--Las casas por fuera y por dentro.--La vida
social.--Un "asalto".--Las mujeres americanas.--Las bogotanas.--"Donde"
el Sr. Surez.--La msica.--Las seoritas de Caicedo Rojas y de
Tanco.--El "bambuco".--Carcter del pueblo.--El duelo en
Amrica.--Encuentros a mano armada.--Lances de
muerte.--Virilidad.--Ricardo Becerra y Carlos Holgun.--Una respuesta de
Holgun.--Resumen.


CAPITULO XV

El salto de Tequendama.

La partida.--Los compaeros.--Los caballos de la sabana.--El traje de
viaje.--Rosa.--Soacha.--La hacienda de San Benito.--Una noche
toledana.--La leyenda del Tequendama.--Humboldt.--El brazo de
Neuquetheba.--El ro Funza.--Formacin del Salto.--La hacienda de
Cincha.--Paisajes.--La cascada vista de frente.--Impresin serena.--En
busca de otro aspecto.--Cara a cara con el Salto.--El
torrente.--Impresin violenta.--La muerte bajo esa faz.--La hazaa de
Bolvar.--La altura del Salto.--Una opinin de Humboldt.--Discusin.--El
Salto al pie.--El Dr. Cuervo.--Regreso.


CAPITULO XVI

La inteligencia.

Desarrollo intelectual.--La tierra de la poesa.--Gregorio Gutirrez
Gonzlez.--La felicidad.--Improvisaciones.--Rafael Pombo.--Edda la
bogotana.--Impromptus.--El tresillo.--Un trance amargo.--El
volumen.--Diego Fallon.--Su charla.--El verso fcil.--Clair de lune.--El
canto "a la luna".--D. Jos M. Marroqun.--Carrasquilla.--Jos M.
Samper.--Los Mosaicos.--Miguel A. Caro.--Su traduccin de Virgilio.--El
pasado.--Rufino Cuervo.--Su diccionario.--Resumen.


CAPITULO XVII

En regreso.

Simpata de Colombia por la Argentina.--Sus causas.--Rivalidades de
argentinos y colombianos en el Per.--Carcter de los oficiales de la
Independencia.--La conferencia de Guayaquil.--Bolvar y San Martn.--Una
hiptesis.--El recuerdo recproco.--Analogas entre colombianos y
argentinos.--Caracteres y tipos.--La partida.--En Manzanos.--Las mulas
de Piqauillo.--El almuerzo.--El tuerto sabanero.--Una gran lluvia en los
trpicos.--En Guaduas.--Encuentros.--En busca de mi tuerto.--Un
entierro.--Recuerdo de los Andes.--Viajando en la montaa.--El viajero
de la armadura de oro.--D. Salvador.--Su historia.--Su famosa
aventura.--Pobre D. Juan!--Una costumbre quichua.


CAPITULO XVIII

Aguas abajo--Coln.

El lbum de Consuelo.--Una ruda jornada.--Los patitos del sabanero.--El
"Confianza".--La bajada de Magdalena.--Otra vez los cuadros
soberbios.--Los caimanes.--Las tardes.--La msica en la noche.--En
Barranquilla.--Cambio de itinerario.--La Ville de Pars.--La
travesa.--Coln.--Un puerto franco.--Bar-rooms y hoteles.--Un da
ingrato.--Aspectos por la noche.--El juego al aire
libre.--Bacanal.--Resolucin.


CAPITULO XIX

El Canal de Panam.

Corinto, Suez y Panam.--Las viejas rutas.--Importancia geogrfica de
Panam.--Resultados econmicos del canal.--Dificultades de su
ejecucin.--La mortalidad.--El clima.--Europeos, chinos y
nativos.--Fuerzas mecnicas.--Se har el canal?--La oposicin
norteamericana.--M. Blaine.--Qu representa?--El tratado
Clayton-Bulwer.--La cuestin de la garanta.--Opinin de Colombia.--La
doctrina de Monroe.--Qu significa en la actualidad.--Las ideas de la
Europa.--Cul debe ser la poltica sudamericana.--Eficacia de las
garantas.--La garanta colectiva de la Amrica.--Nuestro
inters.--Conclusin.--El principal comercio de Panam.--Los
pltanos.--Cifra enorme.--El porvenir.


CAPITULO XX

En Nueva York.

El Alene.--El Turpial.--El prctico.--El puerto de Nueva York.--Primera
impresin.--Los reyes de Nueva York.--Las mujeres.--Los hombres.--El
prurito aristocrtico.--La industria y el arte.--Un mundo "sui
generis".--Mrs. X...--La prensa.--Hoffmann House.--Los teatros.--Los
hoteles.--El lujo.--La calle.--Tipos.--La vida galante.--Una
tumba.--Confesin.


CAPITULO XXI

En el Nigara.

La excursin obligada.--El palace-car.--La compaera de
viaje.--Costumbres americanas.--Una opinin yanqui.--Nigara Fall's.--La
Catarata.--Al pie de la cascada.--La profanacin del Nigara.--El
Nigara y el Tequendama.--Regreso.--El Hudson.--Conclusin. 270




MIGUEL CAN


Naci en Montevideo, en 1851, durante la emigracin. Estudi en el
Colegio Nacional de Buenos Aires y se gradu en Derecho en la
Universidad el ao 1872. Perteneci al grupo de espritus selectos que
form la "generacin del ochenta", en momentos en que la cultura
argentina se renovaba substancialmente en el orden cientfico y
literario.

Su actividad fue solicitada alternativamente por la poltica, la
diplomacia y la vida universitaria; pero siempre se mantuvo fiel cultor
de las buenas letras, con aticismo exquisito. Nadie pudo ser ms
representativo para ocupar el primer decanato de nuestra Facultad de
Filosofa y Letras, a cuya existencia qued para siempre vinculado su
nombre.

Inici su carrera de escritor en "La Tribuna" y "El Nacional". En 1875
fue diputado al Congreso; en 1880 director general de correos y
telgrafos; despus de 1881 ministro plenipotenciario en Colombia,
Austria, Alemania, Espaa y Francia. En 1892 fue Intendente de Buenos
Aires y poco despus Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores.

Public los siguientes libros, que le asignan un puesto eminente en
nuestra historia literaria: "Ensayos" (1877), "Juvenilia" (1882), "En
viaje" (1884), "Charlas literarias" (1885), Traduccin de "Enrique IV"
(1900), "Notas e impresiones" (1901), "Prosa ligera" (1903). Ha dejado
numerosos "Escritos y Discursos" que pueden ser reunidos en un volumen
tan interesante como los anteriores.

Con excelente gusto crtico y ductilidad de estilo, cualidades que educ
en todo tiempo, logr ser el ms ledo de nuestros "chroniqueurs",
igualando los buenos modelos de este gnero esencialmente francs. Ms
se preocup de la gracia sonriente que de la disciplina adusta,
prefiriendo la lnea esbelta a la pesada robustez, como que fue en sus
aficiones un griego de Pars.

Falleci en Buenos Aires el 5 de Septiembre de 1905.




JUICIO CRTICO DE ERNESTO QUESADA


Tarde parece para hablar del libro del Sr. Miguel Can, resultado de su
excursin a Colombia y Venezuela en el carcter de Ministro Residente de
la Repblica Argentina. Hoy el autor se encuentra en Viena, de Enviado
Extraordinario y Ministro Plenipotenciario de nuestro pas cerca del
gobierno austro-hngaro. Habr quizs extraado que la _Nueva Revista de
Buenos Aires_ haya guardado silencio sobre su ltimo libro, tanto ms
cuanto que--rara casualidad!--a pesar de ser el seor Can conocidsimo
entre nosotros, jams lo ha sido, puede decirse, sino de vista por el
que esto escribe. Y eso que siempre ha tenido los mayores deseos de
tratarle personalmente, por las simpatas ardientes que su carcter, sus
prendas y--sobre todo--sus escritos me merecan. De ah, pues, que
estuviera obligado a hablar de este libro. Digo esto para demostrar que
la demora en hacerlo ha sido del todo ajena a mis deseos. El seor Can,
periodista de raza, sabe, por experiencia, cun absorbente es el
periodismo, mxime cuando es preciso hacerlo todo personalmente, como
sucede en empresas, del gnero de la _Nueva Revista_.

Haba ledo el espiritual artculo que sobre este mismo libro public en
_El Diario_, tiempo ha, M. Groussac--otro escritor a quien todava no me
ha sido dado tratar. El sabor francs disfrazado de chispa castellana,
me encant en ese artculo, en el cual se decan al seor Can verdades
de a puo, terminando a la postre con un merecido elogio.
Posteriormente, y en el mismo diario, publicose una carta del criticado
autor, en la que se defenda con gracia infinita, y con finsimo
desparpajo reproduca el bblico precepto del ojo por ojo, diente por
diente.

Oda la acusacin y la defensa, puede, pues, abrirse juicio sobre el
valor del libro. Crtico y criticado parecen estar de acuerdo acerca de
algunos defectillos, disienten en otros, y parecen no haber querido
recordar el verso clsico:

_Ni cet excs d'honneur, ni cette indignit_

Can es un estilista consumado. Dice en su carta que don Pedro Goyena se
intrigaba buscando su filiacin literaria, y M. Groussac formalmente
declara haberla encontrado en Taine. Error completo en mi concepto. Si
de alguien parece derivar directamente Can, es de Merime, y el autor
de _Colomba_ comparte su influencia en esto con lo que ha dado en
llamarse el _beylismo_. No dir que tuviera la altiva escrupulosidad de
Merime en limar hasta diez y siete veces un mismo trabajo, para no
chocar con su concepto artstico, sin importrsele mucho de la
popularidad; pero s que est impregnado de la desdeosa filosofa del
autor del _Rouge et Noir_. Pero el autor de los _Ensayos_, como de _En
Viaje_, es ms bien de la raza de Th. Gautier, de P. de Saint-Victor,
y--por qu no decirlo?--del escritor italiano a quien tanto festjase
ahora en Buenos Aires: De Amicis. Es ante todo y sobre todo, estilista.
No dir que para l la naturaleza, las cosas y los acontecimientos son
simplemente temas para desplegar una difcil _virtuosit_ (para echar
mano del idioma que tanto prefiere el autor de _En Viaje_). No!, se ha
dicho de De Amicis que es el ingenio ms equilibrado de la moderna
literatura italiana: su pensamiento es variado y de un colorido potente;
pero atrado por su ndole generosa y corts, prefiere las descripciones
que se amoldan mayormente con su carcter: se conmueve y admira. Creo
que hay mucho de eso en Can, pero por cierto no es el sentimentalismo
lo que campea en su libro, sino que hay mucha--demasiada?--grima en
juzgar lo que ve y hasta lo que hace. Can lo confiesa en su carta.
Pero, en cambio, qu facilidad!, cmo brotan de su pluma las
descripciones brillantes, los cuadros elegantes! El lector nota que se
encuentra en presencia de un artista del estilo, y arrullado por el
encanto que le produce la magia de la frase, se deja llevar por donde
quiere el autor, y prefiere ver por sus ojos y or por sus odos.

He odo decir que el carcter del seor Can es tan jovial como
bondadoso y franco: en su libro ha querido, sin duda, hacer gala de
escepticismo, y deja entrever con mucha--demasiada?--frecuencia, la
nota siempre igual del eterno fastidio. Y, sin embargo, qu amargo
contrasentido encierra ese original deseo de aparecer fastidiado!
Fastidiado el seor Can, cuando, en la flor de la edad ha recorrido las
ms altas posiciones de su pas, no encontrando por doquier sino
sonrisas, no pisando sino sobre flores, nio mimado de la diosa
Fortuna! No ser quiz ese aparente fastidio un verdadero lujo de
felicidad?...

* * * * *

Estamos en presencia de un libro de viajes escrito por una persona que,
a pesar de haber viajado mucho, no es verdaderamente un viajero. El
autor no siente la pasin de los viajes: soporta a su pesar las
incomodidades materiales, se traslada de un punto a otro, pero maldice
los fastidios del viaje de mar, el cambio de trenes, los psimos
hoteles, etc., etc. Habla de sus viajes con una frialdad que hiela:
adopta cierto estilo semiescptico, semiburln, para rerse de los que
pretenden tener esa pasin tan horripilante.

Cuntas veces--dice--en un saln, brillante de luz, o en una mesa
elegante y delicada, he odo decir a un hombre, culto, fino, bien
puesto: tengo pasin por los viajes, y tomar su rostro la expresin vaga
de un espritu que flota en la perspectiva de horizontes lejanos; me ha
venido a la memoria el camarote, el compaero, el rdago, la pipa, las
miserias todas de la vida de mar, y he deseado ver al potico viajero
entregado a los encantos que suea!.

Ah!, el placer de los viajes por los mismos, sin preocupacin alguna,
buscando contentar la curiosidad intelectual siempre aguzada, jams
satisfecha No hay nada en el mundo que pueda compararse a la
satisfaccin de la necesidad de ver y conocer: la impresin es de una
nitidez, de una sinceridad, de una fuerza tal, que la descripcin que la
encarna involuntariamente transmite al lector aquella sensacin, y al
leer esas pginas parece verdaderamente que se recorren las comarcas en
ellas descriptas.

Esa vivacidad de la emocin, ese placer extraordinario que se
experimenta, lo comprende slo el viajero verdadero, el que siente
nostalgia de los viajes cuando se encuentra en su rincn, el que vive
con la vida retrospectiva e intensa de los aos en que recorriera el
mundo. Y para un espritu culto, para una inteligencia despierta y con
una curiosidad inquieta, qu maldicin es ese don de la pasin de los
viajes! El horizonte le parece estrecho cuando tiene que renunciar a
satisfacer aquella amiga tirnica; la atmsfera de la existencia
rutinaria, tranquila, de esos mil encantos de la vida burguesa, lo
sofoca: suea despierto con pases exticos, con lneas, con colores
locales, con costumbres que desaparecen, con ciudades que se
transforman, con el placer de recorrer el mundo observando, analizando
y comparando! Y el maldito cosmopolitismo contemporneo, con su furia
igualadora, por doquier invade con su sempiterno _cant_, su horrible
vestimenta, la superficialidad de costumbres incoloras--haciendo
desaparecer, merced al adelanto de las vas de comunicacin, el encanto
de lo natural, de lo local, el hombre con su historia y sus costumbres,
segn la latitud en que se encuentra.

El placer de los viajes es un don divino: requiere en sus adeptos un
conjunto de condiciones que no se encuentran en cada boca-calle, y de
ah que el criterio comn o la platitud burguesa no alcanzan a
comprender que pueda haber en los viajes y en las emigraciones goce
alguno; slo ven en la traslacin de un punto a otro la interrupcin de
la vida diaria y rutinera, las incomodidades materiales; tienen que
encontrarse con cosas desconocidas y eso los irrita, los incomoda,
porque tienen el intelecto perezoso y acostumbrado ya a su trabajo
mecnico y conocido.

Pero los pocos que saben apreciar y comprender lo que significan los
viajes, viven de una doble vida, pues les basta cerrar un instante los
ojos, evocar un paisaje contemplado, y ste revive con una intensidad de
vida, con un vigor de colorido, con una precisin de los detalles que
parece transportarnos al momento mismo en que lo contemplamos por vez
primera y borrar as la nocin del tiempo transcurrido desde entonces.

La vida es tan fugaz, que no es posible repetir las impresiones; ms
bien dicho, que no conviene repetirlas. En la existencia del viajero, el
recuerdo de una localidad determinada, reviste el colorido que le
trasmite la edad y el criterio del observador: si, con el correr del
tiempo, regresa y quiere hacer revivir _in natura_ la impresin de
antao, slo cosechar desilusiones, porque pasan los aos, se modifica
el criterio y las cosas cambian. Mejor es no volver a ver: conservar la
ilusin del recuerdo, que fue una realidad. As se vive doblemente.

El seor Can parece tener pocas simpatas por esa vida, quiz porque la
encuentra contemplativa, y considera que restringe la accin y la lucha.
Error! El viajero, cuyo temperamento lo lleve a la lucha, se servir
de sus viajes para combatir en su puesto, y lo har quiz con mejor
criterio, con armas de mejor precisin que el que jams abandon su
tertulia sempiterna!

Es lstima que el autor de _En Viaje_ no tenga el fuego sagrado del
viajero, porque habra podido llegar al mximum de intensidad en la
observacin y en la descripcin de sus viajes.

No puedo resistir al placer de transcribir algunos prrafos, verdadera
excepcin en el tono general del libro, y en los que describe a
_Fort-de-France_, en la Martinica:

Las fantasas ms atrevidas de Goya, las audacias coloristas de Fortuny
o de Daz, no podran dar idea de aquel curiossimo cuadro. El joven
pintor venezolano que iba conmigo, se cubra con frecuencia los ojos y
me sostena que no podra recuperar por mucho tiempo la percepcin _dei
rapporti_, esto es, de las medias tintas y las gradaciones insensibles
de la luz, por el deslumbramiento de aquella brutal crudeza. Haba en la
plaza unas 500 negras, casi todas jvenes, vestidas con trajes de percal
de los colores ms chillones, rojos, rosados, blancos. Todas escotadas y
con los robustos brazos al aire; los talles fijados debajo del xila y
oprimiendo el saliente pecho, recordaban el aspecto de las
_merveilleuses_ del Directorio. La cabeza cubierta con un pauelo de
seda, cuyas dos puntas, tradas sobre la frente, formaban como dos
pequeos cuernos. Esos pauelos eran precisamente los que heran los
ojos; todos eran de diversos colores, pero predominando siempre aquel
rojo lacre, ardiente, ms intenso an que ese llamado en Europa _lava
del Vesubio_; luego, un amarillo rugiente, un violeta tornasolado, qu
se yo! En las orejas, unas gruesas arracadas de oro, en forma de tubos
de rgano, que caen hasta la mitad de la mejilla. Los vestidos de larga
cola y cortos por delante, dejando ver los pies... siempre desnudos.
Puedo asegurar que, a pesar de la distancia que separa ese tipo de
nuestro ideal esttico, no poda menos de detenerme por momentos a
contemplar la elegancia nativa, el andar gracioso y salvaje de las
negras martiniqueas.

Pero cuando esas condiciones sobresalen realmente, es cuando se las ve,
despojadas de sus lujos y cubiertas con el corto y sucio traje del
trabajo, balancearse sobre la tabla que une al buque con la tierra, bajo
el peso de la enorme canasta de carbn que traen en la cabeza... Al pie
del buque y sobre la ribera, hormigueaba una muchedumbre confusa y
negra, iluminada por las ondas del fanal elctrico. Eran mujeres que
traan carbn a bordo, trepando sobre una plancha inclinada las que
venan cargadas, mientras las que haban depositado su carga descendan
por otra tabla contigua, haciendo el efecto de esas interminables filas
de hormigas que se cruzan en silencio. Pero aqu todas cantaban el mismo
canto plaidero, spero, de meloda entrecortada. En tierra, sentado
sobre un trozo de carbn, un negro viejo, sobre cuyo rostro en xtasis
caa un rayo de luz, mova la cabeza con un deleite indecible, mientras
bata con ambas manos, y de una manera vertiginosa, el parche de un
tambor que oprima entre las piernas, colocadas horizontalmente. Era un
redoble permanente, montono, idntico, a cuyo comps se trabajaba.
Aquel hombre, retorcindose de placer, insensible al cansancio, me
pareci loco...

Y termina el seor Can su descripcin de _Fort-de-France_ con estas
lneas en que trasmite la impresin que le caus un _bamboula_:

...Me ser difcil olvidar el cuadro caracterstico de aquel montn
informe de negros cubiertos de carbn, harapientos, sudorosos, bailando
con un entusiasmo febril bajo los rayos de la luz elctrica. El tambor
ha cambiado ligeramente el ritmo, y bajo l, los presentes que no bailan
entonan una melopea lasciva. Las mujeres se colocan frente a los hombres
y cada pareja empieza a hacer contorsiones lbricas, movimientos
ondeantes, en los que la cabeza queda inmvil, mientras las caderas,
casi dislocadas, culebrean sin cesar. La msica y la propia imaginacin
las embriaga; el negro del tambor se agita como bajo un paroxismo ms
intenso an, y las mujeres, enloquecidas, pierden todo pudor. Cada
oscilacin es una invitacin a la sensualidad, que aparece all bajo la
forma ms brutal que he visto en mi vida; se acercan al compaero, se
estrechan, se refriegan contra l, y el negro, como los animales
enardecidos, levanta la cabeza al aire y echndola en la espalda,
muestra su doble fila de dientes blancos y agudos. No hay cansancio;
parece increble que esas mujeres lleven diez horas de un rudo trabajo.
La _bamboula_ las ha transfigurado. Gritan, gruen, se estremecen, y por
momentos se cree que esas fieras van a tomarse a mordiscos. Es la
bacanal ms bestial que es posible idear, porque falta aquel elemento
que purificaba hasta las ms inmundas orgas de las fiestas griegas: la
belleza...

* * * * *

El libro del seor Can, es, en apariencia, una sencilla relacin de
viaje. Dedica sucesivamente seis captulos a la travesa de Buenos Aires
a Burdeos, a su estada en Pars y en Londres, y a la navegacin desde
Saint-Nazaire a La Guayra. Entonces, en un captulo--cuya demasiada
brevedad se deplora--habla de Venezuela, pero ms de su pasado que de su
presente.

En seguida, en seis nutridos y chispeantes captulos, describe su
pintoresco viaje de Caracas a Bogot; su paso por el mar Caribe; el
viaje en el ro Magdalena, y las ltimas jornadas hasta llegar a la
capital de Colombia. A esta simptica repblica presta preferentsima
atencin el autor: no slo se ocupa de su historia, describe a su
capital, sino que pinta a la sociedad bogotana, sin olvidar--como lo ha
dicho M. Groussac--el obligado prrafo sobre el Tequendama. Detinese el
autor en estudiar la vida intelectual colombiana en el captulo, en mi
concepto, ms interesante de su libro, y sobre el cual volver ms
adelante. El regreso le da tema para varios captulos en que se ocupa de
Coln, el canal de Panam, y sobre todo de Nueva York. Y aqu vuelve de
nuevo la clsica descripcin del Nigara.

Tal es en esqueleto el libro de Can. Prescindo de los primeros
captulos, a pesar de que insistir sobre el de Pars, porque si bien su
lectura es fcil, las aventuras a bordo del _Ville de Brest_ no ofrecen
extraordinario inters. Poco tema da el autor sobre Venezuela: ms bien
dicho, deja al lector con su curiosidad integra, sobreexcitada, pero no
satisfecha. Sus pinceladas son vagas; parece como si quisiera concluir
pronto, como si tuviera entre manos brasas ardientes. Por qu?

En cambio, sus pinturas de Bogot, de la sociedad y de los literatos
colombianos, es realmente seductora: nos hace penetrar en un recinto
hasta ahora casi desconocido por la generalidad, especie de _gyneceo_
original causado por el relativo aislamiento de la vida de Colombia. No
me cansar de ponderar esta parte del libro de Can. Pocas lecturas ms
fructferas, pocas ms agradables; ejerce sobre el lector algo como una
fascinacin. Hay ah una mezcla sapientsima del _utile cum dulci_.

Por lo dems, el libro entero est salpicado de juicios atrevidos, de
observaciones profundas. La superficialidad aparente es rebuscada: el
autor, sin quererlo, se olvida con frecuencia de que se ha prometido
ser tan slo un jovial a la vez que quejumbroso compaero de viaje. Al
correr de la pluma, ha emitido juicios de una precisin y exactitud
admirables. Otras veces ha lanzado ideas que van contra la corriente
general. El lector no se detiene mucho en los captulos sobre Pars y
Londres, cuando en la rpida lectura encuentra tal o cual opinin sobre
Francia o Inglaterra. Pero poco a poco comprende que hay all intencin
preconcebida, y cuando llega a los captulos sobre Colombia, se
encuentra insensiblemente engolfado en un anlisis sutil de aquella
constitucin, que, segn el dicho de Castelar, ha realizado todos los
milagros del individualismo moderno. Entonces se refriega los ojos,
vuelve a leer, y con asombro halla que el autor critica--y critica con
fuerza--el rgimen federal de gobierno. Y no es la nica pgina en que
el libro ejerce una influencia sugestiva, forzando a meditar. Hay
prrafos, al tratar del canal de Panam y de los Estados Unidos, que
hacen abrir tamaos ojos de asombro.

Pero sobre algunas cuestiones tuvo ya el autor un cambio de cartas con
el seor Pedro S. Lamas, como puede verse en la _Revue Sud-Americaine_.
No volver, pues, sobre ello, siquiera por el vulgarsimo precepto de
_non bis in dem_.

Imposible me sera analizar con detencin todas y cada una de las partes
de este libro. Y ya que he dicho con franqueza cul es la opinin que
sobre l he formado, same permitido ocuparme de algunos de los
variadsimos tpicos que han merecido la atencin del autor.

* * * * *

Corto es el captulo que dedica a su estada en Pars el seor Can. Y
es lstima. En esas breves pginas, hay dos o tres cuadros
verdaderamente de mano maestra. Pero el autor ha sido demasiado parco:
su pluma apenas se detiene: la Cmara, el Senado, la Academia: he ah lo
nico que ha merecido su particular atencin.

Los prrafos dedicados a las Cmaras son bellsimos: los retratos de
Gambetta, de Julio Simon y de Pelletn, perfectamente hechos.

Es, en efecto, en sumo grado interesante, asistir a los debates de las
Cmaras francesas. Cuando an estudiaba el que esto escribe en Pars
(1879-1880), acostumbraba asistir con la regularidad que le era
posible, a las discusiones parlamentarias.

Entonces era necesario ir expresamente por ferrocarril hasta Versailles,
donde an funcionaba el Poder Legislativo.

Gracias a la nunca desmentida amabilidad del seor Balcarce, nuestro
digno Ministro en Pars, consegua con frecuencia entradas para la
tribuna diplomtica, donde, entonces como hoy, era necesario--son
palabras del doctor Can--llegar temprano para obtener un buen sitio.

La sala de sesiones de la Cmara de Diputados era realmente esplndida.
Hace parte del gran palacio de Luis XIV y es cuadrilonga. El presidente
estaba enfrente de la tribuna diplomtica, en un pupitre elevado,
teniendo a la misma altura, pero a su espalda, de un lado a varios
escribientes, de otro a varios ordenanzas. Una escalera conduca a su
asiento. Ms abajo, la celebrada tribuna parlamentaria, a la que se sube
por dos escaleras laterales. Detrs de sta, y a ambos lados, una serie
de secretarios escribiendo o consultando libros o papeles, sea para
recordar al presidente qu es lo que se hizo en tal circunstancia, o los
antecedentes del asunto, o cualquier dato necesario.

Al pie de la tribuna parlamentaria estaba el cuerpo de taqugrafos.
Entre ellos y el resto de la sala exista un espacio por donde circulaba
un mundo de diputados, ujieres, ordenanzas, etctera.

En seguida, formando un anfiteatro en semicrculo, estn los asientos de
los diputados, con pequeas calles de trecho en trecho. Cada diputado
tiene un silln rojo y en el respaldo del silln que se encuentra
adelante hay una mesita saliente para colocar la carpeta en la que lleva
sus papeles, apuntes, etctera.

La derecha, entonces, como hoy, era minora; el centro y la izquierda,
la gran mayora.

Frente al cuerpo de taqugrafos encontrbanse los asientos ministeriales
y para los subsecretarios de Estado.

Las fracciones parlamentarias, perfectamente organizadas, tienen sus
espadas como sus soldados en lugares adecuados, los unos ms cerca, los
otros ms alejados del medio. El primero con quien tropezaba al entrar
por la puerta de la derecha era... M. Paul de Cassagnac. El primero con
quien se encontraba uno al entrar por la puerta de la izquierda era el
gran orador M. Clemenceau. El duelista de la derecha: M. de Cassagnac;
el de la izquierda: M. Perrin.

La tribuna de la prensa estaba debajo de la del cuerpo diplomtico. En
la misma fila estn las destinadas a la presidencia de la Repblica, a
los presidentes de la Cmara y Senado, a los miembros del Parlamento,
etc: todos los dignatarios tienen su tribuna especial. Ms arriba
estaban las llamadas galeras, donde es admitido el pblico, siempre que
presente sus tarjetas especiales.

Las sesiones son tumultuossimas. Se camina, se habla, se grita, se
gesticula, se re, se golpea, se vocifera, mientras habla el orador, al
unsono. En presencia de semejante mar desencadenado, se comprende que
el orador no slo debe tener talento sino sangre fra, golpe de vista y
audacia a toda prueba. La mmica le es indispensable, y la voz tiene que
ser tonante y poderosa para dominar aquella vociferacin infernal. Tiene
que apostrofar con viveza, que conmover, que hacerse escuchar.

He asistido a sesiones agitadsimas, a la del incidente
Cassagnac-Goblet, a la de la interpelacin Brame, y a la de la
interpelacin Lockroy, que tanto conmovi a Pars en mayo del 79. Tiempo
hace de esto, pero mis recuerdos son tan frescos que podran describir
aquellos debates como si recin los presenciara.

He odo, o ms bien dicho: visto, oradores que no pudieron hacerse
escuchar y que bajaron de la tribuna entre los silbidos de los
contrarios y las protestas de los amigos; otros, como el bonapartista
Brame, en su fogosa interpelacin contra el Ministro del Interior, M.
Lepre, dominaban el tumulto; M. Lepre en la tribuna, estuvo un cuarto
de hora sin poder imponer silencio, en medio de una desordenada
vociferacin de la derecha, y de los aplausos y aprobacin de la
izquierda, hasta que, haciendo un esfuerzo poderoso, gritando como un
energmeno, acall momentneamente el tumulto, para apostrofar a la
derecha, diciendo: vociferad, gritad, puesto que las interpelaciones no
son para vosotros sino pretexto de ruidos y exclamaciones. No bajar de
la tribuna hasta la que os callis!...

Qu tumulto espantoso! Presida M. Senard, el viejo atleta del foro y
del parlamento francs, pero tan viejo ya que su voz dbil y sus
movimientos penosos eran impotentes: agitaba continuamente una enorme
campana (pues no es aquello una campanilla) de plata con una mano, y con
la otra golpeaba la mesa con una regla. Los ujieres, con gritos
estentreos de un poco de silencio, seores--_s'il vous plait, du
silence_, no lograban tampoco dominar la agitacin. La derecha
vociferaba y haca un ruido ensordecedor con los pies; la izquierda
peda a gritos: la censura, la censura. Fue preciso amonestar
seriamente a un imperialista, el barn Dufour, para que se restableciese
el silencio...

Concluye el ministro su discurso, y salta (materialmente: salta) sobre
la tribuna el interpelante; vuelve a contestar el ministro, y torna de
nuevo el interpelante... qu vida la de un ministro con semejantes
parlamentos! El da entero lo pasa en esas batallas parlamentarias...
supongo que el verdadero ministro es el subsecretario.

Gambetta, el tan llorado y popular tribuno, presida cuando M. de
Cassagnac desafi en plena Cmara a M. Goblet, subsecretario de Estado.
Estaba yo presente ese da. Qu escndalo maysculo! Pero Gambetta
domin el tumulto, hizo bajar de la tribuna a Cassagnac, lo censur, y
calm la agitacin.

He odo varias veces a M. Clemenceau, el gran orador radical. Le o
defendiendo a Blanqui, el condenado comunista, que haba sido electo
diputado por Burdeos. Es uno de los oradores que mejor habla y que posee
dotes ms notables. Como uno de los contrarios (hay que advertir que la
izquierda estaba en ese caso en contra de la extrema izquierda) le
gritara: Basta!, l contest sin inmutarse: Mi querido colega,
cuando vos nos fastidiis, os omos con paciencia. Nadie es juez en
saber si he concluido, salvo yo mismo, y despus de este apstrofe
tranquilo, continu su discurso...! Esa interpelacin dio origen a una
respuesta sumamente enrgica por parte de M. Le Royer, entonces Ministro
de Justicia.

La organizacin administrativa es adems admirable. Las Cmaras se
renen diariamente de 2 a 6-1/2, y el cuerpo de taqugrafos da los
originales de la traduccin estenogrfica a las 8 p. m. A las 12 p. m.
se reparten las pruebas de la impresin y a las 6 de la maana siguiente
todo Pars puede leer _ntegra_ la sesin de la tarde anterior en el
_Journal Officiel_. Y todo esto sin contratos especiales, sin que cueste
un solo cntimo ms, sin que las Cmaras voten remuneraciones especiales
al cuerpo de taqugrafos y sin ninguna de esas demostraciones ridculas
para aquellos que estn habituados a la vida europea. Recurdese lo que
pas en 1877 entre nosotros, cuando se debati la cuestin Corrientes:
_La Tribuna_ public las sesiones al da siguiente, y todos creyeron que
era un... milagro.

Con el rgimen parlamentario francs, la tarea es pesadsima para los
diputados (no tanto para los senadores), pero insostenible para los
oradores. Y los ministros, que tienen que despachar los asuntos de
ministerios centralizados, que atender a lo que pasa en la Francia
entera, que proyectar reformas, que estudiar leyes, que contestar
interpelaciones, que preparar y corregir discursos: cmo pueden hacer
todo esto? A un hombre slo le es materialmente imposible, y adase a
eso que tiene la obligacin de dar reuniones peridicas, bailes
oficiales, etc. Qu vida! Se comprende que sera ella imposible sin una
numerosa legin de consejeros de Estado, de subsecretarios, de
secretarios, de directores, etc., que no cambian con los ministros, sino
que estn adscriptos a los ministerios. Qu diferencia con nuestro modo
de ser! Entre nosotros, por regla general, los ministros estn solos,
pues los empleados, en vez de ser cooperadores de confianza, son meros
escribientes, salvo, bien entendido, honrosas excepciones. Cuando se
reflexiona sobre la existencia que lleva un ministro en pases de
aquella vida parlamentaria, parece difcil explicarse cmo pueden
atender, despachar, contestar todo; y al mismo tiempo pensar y realizar
grandes cosas.

* * * * *

En el libro que motiva estas pginas, el autor, segn lo declara, ha
procurado contar, y contar ligeramente, sin bagajes pesados. Este
propsito, probablemente, ha hecho que no profundice nada de lo que
observa, sino que se contente con rozar la superficie.

Uno de los rasgos ms caractersticos de Colombia, es su poderosa
literatura. La raza colombiana es raza de literatos, de sabios, de
profundos conocedores del idioma: all la literatura es un culto
verdadero, y no se sacrifican en su altar sino producciones castizas,
pulidas, perfectas casi. El seor Can, a pesar de su malhadado
propsito de marchar con paso igual y suelto, y de su afectado desdn
por los estudios serios y concienzudos, llegando hasta decir: Que nada,
resiste en el da a la perseverante consulta de las enciclopedias, no
ha podido resistir, sin embargo, al deseo o a la necesidad de ocuparse
de la faz literaria de Colombia. Condensa en 24 pginas un captulo que
modestamente Titula: La Inteligencia, y en el cual, protestando que no
es tal su intencin, el autor trata de perfilar a los primeros
literatos colombianos contemporneos, en prrafos de redaccin suelta,
_a la diable_, para usar su propia expresin.

Habla de la facilidad peligrosa del numen potico en los colombianos; se
ocupa de don Diego Pombo, de Gutirrez, Gonzlez, de Diego Fallon, de
Jos M.



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