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Valera, Juan / Algo de todo
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from the Google Print project.)









JUAN VALERA

ALGO

DE TODO

SEVILLA: 1883

FRANCISCO ALVAREZ Y C.a, EDITORES
Tetuan 24.

Es propiedad de sus Editores.

[Illustration]

Establecimiento tipográfico de FRANCISCO ALVAREZ Y C.a,
impresores de Cámara de S. M. y de SS. AA. RR. los
Sermos. Sres. Infantes Duques de Montpensier,
Tetuan 24.

* * * * *




ÍNDICE


La Primavera.

La Cordobesa.

Un poco de crematística.

Las escritoras en España y elogio de Santa Teresa.

Sobre el Fausto de Goethe.

Sobre Shakspeare.

* * * * *




LA PRIMAVERA


Nada hay en el hombre tan grato a Dios como el arrepentimiento; pero en
ciertas cosas, tal vez en las más, nada hay tampoco humana y
terrenamente tan inútil. Lo que al hombre le importa es no hacer nada de
que después haya de arrepentirse. Y yo, lo confieso, hice algo en este
género al prometer que escribiría un artículo sobre la Primavera.

Y no porque yo me crea incapaz de percibir, sentir y estimar en todos
sus quilates el valor y la belleza de la estación florida. Nada menos
que eso. Yo presumo de muy sensible a los encantos naturales. Me apuesto
con el más pintado a sentir honda y poéticamente la gala de las fértiles
praderas, la lozanía de los verjeles, el apartamiento silencioso de los
sotos umbríos, el aire embalsamado por el aroma de las violetas, la
sierra pedregosa cubierta de tomillo y romero, el blando murmullo de los
arroyos, los amorosos gorjeos del ruiseñor, el lánguido arrullo de la
tórtola y los trinos alegres con que las aves saludan a la blanca aurora
cuando abre con dedos de rosa las puertas del Oriente.

Por desgracia, una cosa es sentir y otra expresar bien lo sentido. De
este segundo don es del que carezco.

El asunto es de sobrado empeño para mí. ¿He de salir del paso repitiendo
en mala prosa lo que ya dijeron en todas las lenguas vivas y muertas,
con número y melodía, los poetas buenos y medianos, desde Hesiodo hasta
Gracian y desde Virgilio a D. Gregorio de Salas? Yo no quiero hacer un
centón tan deplorable. Yo quiero coger vivas las aves, las flores,
cuanto tiene ser en la estación vernal, y trasladarlo a este papel, y de
este papel a la imprenta: operación más difícil de lo que se imagina.

La Primavera es como fiesta espléndida que dan los espíritus
elementales, como sagrada orgía, en que el aire, la tierra, la luz, el
agua y cuantas inteligencias o misteriosos genios en el seno de los
elementos viven ocultos, lucen su hermosura, se revisten de sus más
ricos adornos, y se enamoran, y se acarician, y cantan y bailan. ¡Vaya
usted a describir esto sin conocer los nombres de dichos genios,
ignorando sus lances de amor y fortuna, y no acertando a distinguirlos
bien unos de otros!

Lo que más se parece a la primavera, en mezquino y pobre trasunto, por
artificio humano realizado, es un bonito baile. Pues declaro que yo no
sé describirle. Los nombres de las señoras más lindas y elegantes se me
borran de la memoria no bien tomo la pluma, y sólo sé decir que me
gustan, lo cual es muy _sujetivo_, sin atinar a describir los trajes que
llevan, los diamantes que fulguran en sus cabezas airosas, las perlas
que ciñen lascivas sus desnudas gargantas, y todo aquello, en suma, que
las determina y diferencia. Así es que, no pudiendo yo empezar por este
analítico y circunstanciado estudio, no llego jamás a la síntesis, esto
es, a dar una idea cabal, exacta y adecuada del baile.

Si esto me sucede con un espectáculo que no dura más de algunas horas y
que se limita al breve recinto de uno o dos salones, ¿qué se puede
esperar de mí como describidor del baile divino, al aire libre, que dura
meses, que se extiende por todo un hemisferio del mundo, y donde cantan
y bailan los inmortales al son de la concertada armonía de las esferas?
Está visto, yo tengo que hacerlo muy mal.

Hasta el mismo entusiasmo, hasta el mismo semi-religioso fervor con que
miro el asunto, es en mi daño y me le hace más difícil. Si yo le mirase
con frialdad, ya me las compondría, tomando de aquí y de allí, no del
natural, sino de libros, que me servirían de guía y modelo; ya lo
compaginaría y arreglaría todo lo menos mal posible. Por desgracia mi
entusiasmo es grande y no me deja acudir con serenidad a mi escasísima
ciencia.

Lo primero que no sé es qué plan seguir; dentro de qué términos
encerrarme. Porque a la verdad, si el más rastrero de los seres humanos
da suelta a su imaginación y la echa a volar por esos campos verdes y
por ese cielo sereno, durante los meses de Abril y Mayo, sólo Dios sabe
dónde su imaginación irá a parar, y qué rico botín traerá cuando vuelva
a casa, si vuelve y no se queda embobada, de estrellas y flores, de
mariposas y calandrias, de perfumes y armonías, de luz y sombras, de
amores y de cánticos, todo tan en desorden y tan enmarañado, que no
habrá manera de cifrarlo en un libro en folio y mucho menos en 20 o 30
cuartillas.

Al considerar esto me entra temblor como de calentura, y pido al numen
método y plan para mi obrilla; pero al numen le incomoda el método, y lo
que es yo por mí no le trazo sino muy vulgar, sin atinar a aventurarme
por nuevos caminos, y sin resignarme a seguir los muy trillados y
seguidos por todos.

Para saber el día en que empieza y el día en que acaba la Primavera
remito al lector al almanaque. Para saber la causa inmediata y natural
de su vuelta periódica, le remito a cualquier compendio de Astronomía.

¿Qué me queda, pues, que decir acerca de la Primavera?

¿Sacaré a relucir las manoseadas y trivialísimas moralidades de que
dicha estación responde a la juventud en nuestra vida, y de que conviene
no gastar las flores a fin de que haya luego sazonados frutos en el
otoño? ¿O daré lección de política o de filosofía de la historia, con
ocasión de la Primavera, afirmando que las naciones tienen también la
suya, o sea su juventud, durante la cual aman y cantan y dan flores;
pero que, no bien llegan a su otoño, o dígase a su edad madura, deben
dejarse de tales devaneos y trabajar mucho, que esto es dar el fruto que
importa, a fin de pagar las deudas y proporcionarse las comodidades y
el bienestar que el invierno y la vejez reclaman?

Imposible. Esto sería lo peor que se me pudiera ocurrir. Esto sería un
sermón inaguantable. Hablemos, pues, de la Primavera, aunque sea sin
orden. ¡Ojalá tuviese yo a mano al Pegaso o al Hipogrifo, para imitar a
Perseo o a Astolfo, montar en él, y correr a rienda suelta a donde y por
donde el monstruo quisiera llevarme!

En otras tierras más al norte que la nuestra, la Primavera, fuerza es
confesarlo, si no es, parece más hermosa: el cambio de escena tiene
mayor rapidez y doble hechizo; la mudanza hiere más la fantasía; se nos
presenta como súbita y milagrosa resurrección de los seres. A orillas
del Rhin o del Elba, la Primavera nos da concepto superior de la
potencia creadora, de lo que debió de ser el nacer, el aparecer de la
vida sobre nuestro globo. En nuestros climas más cálidos apenas hay
mutación, o es tan lenta que no se percibe. En las huertas de Murcia y
Valencia, en la hoya de Málaga, en las márgenes del Guadalquivir y hasta
en la misma vega de Granada, la Primavera se deslía, se esfuma con el
invierno: es una Primavera difusa o harto desvanecida.

Donde viene de repente, donde la rigidez del invierno la hace más
deseable, es donde se muestra con más pompa y estruendo, donde da más
alta razón de sí, donde resplandece más benigna en el trono de su
gloria, donde más se la admira y donde merece ser más admirada. El hielo
que cubre los ríos se quebranta, se rompe, y baja en gruesos témpanos
hacia la mar con descompuesta furia. Casas, palacios, chozas, árboles y
cielo, vuelven a mirarse con ansia y con amor en el líquido espejo de
las aguas, velado antes y empañado por el frío. La cándida diadema que
ciñe las cimas de los montes se derrite, aumentando las corrientes
cristalinas. Los árboles, desnudos del verde follaje, brotan de
improviso frescos pimpollos y renuevos lozanos, vistiéndose de tiernas y
relucientes hojas. Los pájaros acuden a bandadas, guiados por infalible
instinto. Turban las grullas el silencio de la noche con sus agudos
gritos, cuando vienen avanzando en falange simétrica y bien ordenada.
Las golondrinas y mil aves cantoras, al volver de su larga emigración,
saludan con blando pío, o con chirrido alegre, o con trinos variados,
sus antiguas conocidas viviendas. La cigüeña zancuda inmigra de Oriente
o de Africa, y busca el nido en el viejo torreón o en el alto mirador
de la alquería. Tal vez allí la rubia y joven campesina alemana le puso
al cuello, antes de que se fuese, una cinta con algún romántico letrero.
Cuando vuelve, se pasma la muchacha de ver que le contesta algún muftí
del Cairo o algún santón de la Meca con otro letrero escrito en arábigo.
Entre tanto, se ha liquidado la escarcha apretada que cubría los prados,
y la hierba y las flores, como si hubiesen estado oprimidas bajo aquel
peso, surgen por ensalmo. La anémona nemorosa es una de las más
tempranas que abren por allí su cáliz para anunciar la Primavera. Pero
otras mil flores, más olorosas y no menos bellas, aparecen después,
llamando y excitando al céfiro a que respire los aromas que exhalan.

El céfiro viene, semejante al atrevido príncipe del cuento de hadas, y
atraviesa por la esquiva floresta, y penetra en el silencioso palacio, y
llega hasta el lecho de la encantada y dormida princesa, y le da un beso
de amor. Entonces se desbarata el maléfico hechizo, el silencio y el
reposo de muerte se truecan de súbito en movimiento, música, agitación y
vida. Como si fuesen a celebrarse divinas bodas, todo se entapiza y
hermosea. Se abren los tesoros, se despliegan las galas, se ponen las
mesas y aparadores del regio banquete, y luce sobre el ancho tálamo la
cubierta de púrpura, esmeralda y oro. Los convidados peregrinos ya hemos
dicho que acuden de lejos cruzando los aires. Otros, que no peregrinan,
despiertan de prolongado sueño, se revisten de sus vestimentas más
ricas, y acuden también. Todos, como buenos vasallos, procuran imitar a
los príncipes. Y como los príncipes están enamorados y van a casarse,
todos se enamoran y se casan. Se diría que apenas hay ser vivo que no se
embriague con el zumo de mágicas hierbas o con el perfume de extrañas
flores, las cuales mueven al amor, al deleite y al regocijo, induciendo
a la vida para que se acreciente y se difunda y abra nuevos caminos de
ser. Ciertas ficciones poéticas parece que tienen entonces realidad, y
se cree en el _dudain_, que buscaba Raquel harta de ser estéril; en el
loto, que hacía olvidarse de todo a los compañeros de Ulises; y en el
_nepentes_, que alegraba el alma, y que dio a Telémaco Elena.

Claro está que al decir yo todo esto de los climas del Norte no niego
igual o mayor belleza a la primavera del Sur: lo que insinúo es que
quizás la rapidez del cambio hace que por allá se sienta mejor.

Pero aquí se renueva también la vida, y llega la estación de los amores,
y los gérmenes dormidos se agitan, y nacen las larvas, y, después de sus
completas metamorfosis, les brotan alas de gasa de colores diversos, y
elictras metálicas y resonantes, y trompas ligeras con que recogen la
miel de las flores. Aquí también las plantas desnudas, los álamos, los
chopos, las acacias y otros mil árboles de sombra vuelven a vestirse de
hojas verdes, y florecen el almendro y la higuera y los demás frutales,
y nos dan el fruto con la poesía de la esperanza.

Todo esto es cierto; pero lo es también que los hombres del Norte
sienten ahora con más profundidad, describen y retratan mejor la
primavera que los del Mediodía.

¿Será, como hemos dicho, porque la primavera viene por allí con más
ímpetu, o porque los hombres están por allí más cerca de la naturaleza y
más en comunión con ella; porque llevan menos siglos de civilización;
porque están menos gastados; porque no es entre ellos tan marcado el
divorcio y tan crudo el antagonismo entre el mundo de los espíritus y el
mundo de los cuerpos?

Profunda cuestión es ésta. Yo no quisiera entrar en ella, pero se me
pone por delante a pesar mío.

Yo veo desde luego que en las antiguas edades sentían los hombres del
Mediodía y celebraban, por lo menos con igual entusiasmo que hoy los del
Norte, la vuelta de la primavera. Atis resucitado, Osiris resucitado y
Adonis resucitado lo atestiguan. Los misterios de Samotracia y de
Eléusis eran en el fondo inspirados por la primavera. Cuando renacía la
vegetación, cuando brotaban las hierbas y las flores, cuando las selvas
se cubrían de pompa y de verdura, cuando subía la savia por los troncos,
era cuando la madre desconsolada enjugaba sus lágrimas y desechaba el
traje de luto, porque la hija, hundida en las entrañas lóbregas de la
tierra, surgía fecunda, hermosa y resplandeciente de inmortales
fulgores; porque Cora, fugitiva del tenebroso amante que la había tenido
aprisionada en sus brazos, aparecía de nuevo a bañarse en las ondas de
luz del sol enamorado, quien, por contemplarla y besarla, se detenía más
tiempo sobre nuestro horizonte, e iba difundiendo por más horas y con
mayor tino y eficacia, en este hemisferio boreal, la lluvia dorada de
sus rayos ardientes.

Si esto se sentía con tal profundidad, y ya no es sin duda porque nos
hemos hecho muy espirituales. Desdeñamos la naturaleza por amor del
espíritu. ¿Qué vale la selva florida, qué vale el árbol más lozano y
eminente, al lado del árbol místico, de quien dice el himno sagrado:

_Crux fidelis, inter omnes_
_Arbor una nobilis:_
_Silva talem nulla profert_
_Fronde, flore, germine?_

No es en el florecimiento de la primavera, no es en el árbol más
fecundo, no es en el huerto más feraz donde recordamos el perdido
Paraíso, donde más nos maravillamos, bendiciéndolas, de la potencia del
Altísimo y de su bondad infinita, es en aquel árbol que sirve como de
solio al mismo Dios:

_Arbor decora et fulgida,_
_Ornata, Regis purpura,_
_Electa digno stipite_
_Tam sacra membra tangere._

Pero yo no me inclino a creer que sea el misticismo o el espiritualismo
cristiano quien nos haga tan poco sensibles a la naturaleza y nos lleve
tanto en pos del espíritu.

El amor de Cristo lo comprende todo, sin excluir la naturaleza material.
Con él y por él subió al cielo la carne purificada y gloriosa. Él miró
con afecto a todas las criaturas. Él no desdeñó los ramos floridos de
oliva y las gallardas y vencedoras palmas con que le recibieron el día
de su triunfo. Sus fieles, mas sencillos y candorosos, aman los objetos
materiales por amor suyo, y rodean de rosas y de hierbas de olor, en los
días primeros de Mayo, ese árbol sagrado, que fue su patíbulo; y cuando,
ya más adelantada la primavera, en el momento más rico del
desenvolvimiento vernal, celebra su Iglesia el sacrosanto misterio en
cuya virtud quiso Él comunicarse a nosotros, infundiéndose en el licor
que alegra los corazones y en el pan que nos alimenta, el pueblo
cristiano alfombra con gayomba olorosa y verde y fresca juncia la vía
por donde pasa, y las mujeres vierten una lluvia de flores sobre el
artístico y áureo templete, arca de la nueva alianza, donde va Él en
custodia.

Menester es confesarlo: es infundada, es injusta la acusación de los
impíos. No vino la doctrina de Cristo a condenar o a endiablar la
naturaleza. Los tres enemigos capitales de esa doctrina no tienen menor
influjo, jurisdicción y mando en el reino del espíritu que en el de la
materia. También siguiéndolos pueden las gentes ser espirituales. No hay
sólo concupiscencia en la carne: la hay en el espíritu. Y si hay
espiritualismo divino, no deja de haberle diabólico, y más común y
frecuente por desgracia.

Ahora bien: yo entiendo que este espiritualismo diabólico, y no el
divino, es el que nos aparta de la naturaleza y de su amor inocente.

Aunque se me acuse de pánfilo, de sobrado benigno, de querer disculparlo
todo, voy a declarar aquí una cosa en confianza.

A mi ver, hasta el propio diablo no nos seduce y extravía así de repente
y sin más ni más. Se guardaría muy bien de hacerlo: no le traería cuenta
ninguna. El diablo se funda al principio en algo razonable; nos lleva
por buenos términos y caminos, hasta que llegamos a cierto punto, donde
ya, con mucha suavidad, empieza aquel maldito de Dios a engolosinarnos
llevándonos por los atajos, y así nos extravía y nos pierde.

En el caso del espiritualismo, a que nos referimos, es evidente que no
son malos los principios y fundamentos. La naturaleza hizo mucho por el
hombre; pero el espíritu ha venido a completar la obra natural,
tornándola más propia, más bella, más útil y más ajustada a nuestras
necesidades y aspiraciones. Al hombre, más débil y más inerme que el
cordero, el espíritu, convertido en herrero y en pirotécnico, le ha dado
armas y fuerzas mil veces mayores que las del león; al hombre, más
desnudo que el perro chino, el espíritu, convertido en tejedor, en
sastre, en zapatero y en sombrerero, le ha vestido más primorosos trajes
que al pavón, al colibrí y al papagayo; al hombre, poco más listo que el
topo o el mochuelo en punto a ver, el espíritu, convertido en fabricante
de catalejos, le ha dotado de vista más penetrante que la del águila; al
hombre, que jamás hubiera hecho natural e instintivamente algo que
valiese media colmena, el espíritu, convertido en arquitecto, le ha
enseñado a construir alcázares soberbios, torres esbeltas, pirámides
ingentes, columnas airosas, cómodas viviendas, catedrales, teatros, y en
suma, ciudades maravillosas; al hombre, que en el estado de naturaleza
selvática es propenso a comerse a sus semejantes, y que se regalaba, y
aun suele regalarse en algunas regiones, con ásperas bellotas, con
cigarrones machacados o con pescado crudo y putrefacto, el espíritu,
convertido en cocinero, le prepara artísticamente manjares agradables,
hasta a la vista, y hace que uno de los actos que más le recuerdan lo
que tiene de común con el animal sea un acto solemne, de corbata blanca
y condecoraciones, donde tal vez se celebran los triunfos más
trascendentales de la religión, de la ciencia, de la filosofía y de la
política; al hombre, en fin, que después del pecado, se entiende, y en
el estado de naturaleza y ya sin gracia, debió de ser casi tan feo como
el mono, y más sucio que el cerdo, y más pestífero que el zorrillo, el
espíritu, convertido en ortopédico, en pescador de esponjas, en
fabricante de baños, en civilización para decirlo en una palabra, le ha
hecho limpio, oloroso, aseado y bastante bonito para servir de modelo a
la Minerva y al Júpiter de Fidias, al Apolo del Vaticano y a las Venus
de Milo y de Médicis.

Sería cuento de nunca acabar el ir refiriendo aquí cuanto ha hecho el
espíritu para completar, hermosear y ensalzar la obra de la naturaleza.

Así es que, a ojo de buen cubero, bien se puede asegurar, sin recelo de
ser exagerado, que hasta en las cosas que más naturales parecen, la
naturaleza, si bien se examina, ha hecho de seis partes una, y el
espíritu del hombre ha hecho las otras cinco. ¿Podría, por ejemplo,
alimentar nuestro globo, en estado de mera naturaleza, doscientos
millones de hombres? Yo me temo que no. Es así que hay, a lo que dicen,
pues yo no los he contado, 1.200 millones: luego mil millones son hijos
del arte, pura creación del espíritu, producto de nuestro fecundo
ingenio.

Pongamos, pues, que una sexta parte de cuanto hay, y quizás sea mucho
poner, lo ha dado, lo ha regalado la naturaleza. Las otras cinco sextas
partes han costado mucho trabajo al espíritu. Y este trabajo del
espíritu, este complemento a la naturaleza, es lo que tiene valor y
precio, y se mide y se representa y se mueve bajo la figura redonda de
la moneda metálica, o bien toma la traza de unos papeluchos mugrientos
que se llaman billetes; los cuales, así como los discos o tejuelos de
metal, vienen a ser encarnación del espíritu, lo más sutil y animado y
circulante de su valor, la esencia imperecedera de su trabajo secular
acumulado.

Hasta aquí las cosas van bien; pero ya aquí el diablo, como vulgarmente
se dice, empieza a meter la pata. El espiritualismo nos induce y excita
a querer, a adorar casi esta encarnación, o mejor expresado, esta
empapelación y metalización del espíritu. Por este espiritualismo, y no
por el cristianismo, desdeñamos lo natural: no sentimos toda la
hermosura de la primavera. Si no tienes, ni en tu arca, ni en tu
bolsillo, algunos de esos tejoletes o algunos de esos papeluchos
espirituales, todas las flores te parecerán abrojos, y la primavera,
invierno; los claveles te apestarán como la flor de la sardina; el
almoraduj, el serpol, el toronjil y la albahaca, te inficionarán como la
ruda; las hojas aterciopeladas de la begonia te punzarán las manos como
si fuesen cardos borriqueros; al tocar la mimosa púdica creerás tocar
aliagas y ortigas; serán para ti como tártago la hierbabuena y la
manzanilla; la caña dulce te amargará el paladar como retama; a la roja
flor del granado preferirás el jaramago amarillo; confundirás el canto
del ruiseñor con el de la rana; se te antojarán cuervos las tórtolas y
búhos las palomas; y las pintadas y aéreas mariposas, y los esbeltos
caballitos del diablo, y los fulgentes cocuyos y luciérnagas y la
aromática mosca macuba te causarán más asco que los gorgojos, cucarachas
y escarabajos peloteros.

Una vez dominado el hombre por el susodicho espiritualismo, aborrece le
vida rústica y el idilio y la égloga. Aminta y Silvia, Dafnis y Cloe, y
Baucis y Filemon le parecen entes insufribles.

Lo que se opone, pues, a lo natural es lo artificial. Lo que tira a
destruir el encanto poético del mundo es el espíritu de la industria, no
el de la ciencia, ni el de la religión, ni el de la filosofía.

Mil veces lo tengo dicho y nunca dejo de pensarlo: los más ladinos y
sutiles sabios experimentales no descubrirán jamás el secreto de la
vida; siempre escapará a sus análisis químicos la fuerza misteriosa que
une, traba y combina los átomos y crea los individuos; el amor, la
conciencia, el pensamiento, la causa de moverse, de crecer
orgánicamente, de sentir y de representarse en uno a los demás seres, no
quedará jamás en el fondo de las retortas ni saldrá por la piquera de
los alambiques. ¿Qué red delicadísima inventará el sabio para pescar
ondinas, cazar silfos o sacar a los infatigables gnomos de las entrañas
de la tierra? La única razón que tendrá para negar su existencia será
que no logra cogerlos: que se sustraen a la inspección de sus groseros
sentidos. Por lo demás, las ninfas, las diosas, todos los seres
sobrenaturales, que poblaron el aire, la tierra y el agua en las
primeras edades del mundo, pueden vivir y es probable que vivan ahora
como entonces.

La ciencia no despuebla la naturaleza, ni penetra en sus más íntimos
arcanos. El misterio sigue y seguirá siempre. Isis no levantará jamás el
velo que la cubre.

El misticismo, que busca por camino más breve, a su Dios, en el abismo
de nuestra propia alma, no aspirará a tenerle allí incomunicado. Su Dios
estará en el abismo del alma, y en aquel centro se unirá el místico con
Dios por estrechísimo lazo; pero Dios estará también por todo el
universo, y todo Él estará en cada cosa y todas las cosas estarán en Él.
El misticismo psicológico no excluirá, sino implicará la teosofía
naturalista.

El axioma capital de esta ciencia sublime será que la inteligencia
infinita no es el término último, sino el principio de las cosas, sin
dejar por eso de ser su fin y el centro hacia donde gravitan, y el punto
en donde sus discordias hallan paz, y su agitación reposo, y solución
sus contradicciones, y unidad perfecta sus calidades y condiciones
diferentes.

En este alto sentido, toda ascensión de las cosas hacia mayor bien y más
perfecta vida toda evolución progresiva de cierto linaje de seres,
dentro de un espacio marcado y de un período de tiempo mayor o menor, es
una primavera. Las cosas, miradas en su totalidad, se mueven, sin duda,
en círculo y vuelven al punto de donde partieron. En el todo no cabe
progreso. Con él, si fuese total, podríamos suponer algo añadido a la
gloria de Dios. Aunque allá en lo profundo de su ser, esté y viva la
idea con todos sus futuros desarrollos y perfecciones, mientras ésta
vaya de lo menos a lo más con proceso sin término, parecerá como que
crece la gloria divina, como que Dios es más creador ahora que antes,
como que sus obras van dando cada vez más claro y cumplido testimonio de
su saber y de su omnipotencia.

Es, por consiguiente, innegable que no hay progreso total. La
inmutabilidad de la perfección infinita de Dios implica la inmutabilidad
total de la perfección del universo, que es obra suya. Cabe, sin
embargo, mudanza en los pormenores, y de ahí el progreso parcial o
temporal de esto o de aquello.

Ya que me he engolfado en meditación metafísica, añadiré, con el debido
respeto (no a Dios, para quien sería absurdo y ridículo salir con esta
salvedad, sino al parecer de otros meditadores), que la riqueza divina
no crece ni mengua; no es cantidad: es lo infinito. Dios está siempre
creando, y siempre lo tiene todo creado. Si crease un átomo más, sería
más creador; si le aniquilase, sería menos; si mejorase en algo toda la
obra, se corregiría, en cierto modo, a sí mismo.

Así, pues, vuelvo a sostener que el progreso de nuestro planeta es
parcial y transitorio, está compensado por la decadencia o fin de otros
mundos, y está limitado en el tiempo, aunque se dilate centenares de
miles de años, y en el espacio, aunque abarque todo el sistema solar a
que pertenecemos, y hasta un grupo completo de soles, de que nuestro sol
sea mínima parte.

Considerando ahora esta evolución de la vida, dentro de tan ancho
espacio, bien podemos declararla año máximo, del cual vivimos, por
dicha, en la Primavera.

La primavera de este año máximo empezó, según sabios muy acreditados,
hace veinte millones de años menores y usuales. Entonces apareció el
primer ser organizado. Desde entonces trazan los sabios con la mayor
escrupulosidad nuestro árbol genealógico. Empieza el árbol en un ser que
llaman _monera_, término medio entre lo inorgánico y lo orgánico;
germen, embrión, elemento primordial de la vida; dotado de una fuerza,
de un prurito, de una propensión indistinta a ser vegetal o a ser
animal. Va extendiéndose luego el árbol, y van las formas
desenvolviéndose y diferenciándose, hasta que, al fin de la edad
_paleolítica_, ya nuestros antepasados han conseguido elevarse a la
categoría de lagartos o medios peces. Durante la edad _mesolítica_ o
secundaria, progresamos más. Al ir a llegar a su término, en el período
_cretáceo_, somos _marsupiales_, esto es, tenemos, como los canguros y
los jerbos, una bolsa, donde nuestros hijitos se esconden. En el período
_eoceno_ de la edad terciaria, logramos obtener la dignidad de monos;
somos _catarrinios_, o dígase monos con las ventanillas de las narices
hacia abajo y con cola. En el período _mioceno_, ya la cola se nos cae,
y nos asemejamos al gorrilla, al orangután y al chimpancé. En el período
_plioceno_ somos casi hombres, aunque _pitecoides_ y _alalos_, o sea sin
palabra y sin entendimiento, como cualquiera mico. Por último, en la
edad cuaternaria, en el período llamado diluviano, se nos desata la
lengua, empezamos a charlar y somos verdaderos hombres. Desde este
momento, los sabios menos exagerados y más tímidos y económicos en sus
cronologías, ponen hasta el día de hoy unos 25.000 años. La raza
_alala_, los _antropiscos_, los casi hombres, como si dijéramos,
salieron del centro de Africa o de un continente austral llamado
Lemuria, que ya se hundió en el mar como la Atlántida, y que estaba
entre el Africa y el Asia. Estos _antropiscos_ eran negros como la
tizne, y vivían en manadas o rebaños para defenderse de las fieras. Así
fueron extendiéndose por el mundo. Durante la dispersión y emigración,
inventaron los idiomas, y de aquí que no puedan reducirse todos a un
tipo primitivo. A la raza morena, que viene después, y a la que
pertenecen los egipcios, se le da una antigüedad de 15.000 años,
naciendo por mejora de la raza negra. Sale luego a relucir la raza
amarilla, cuyos representantes más ilustres son los chinos y japoneses.
Su origen se pone 10.000 años hace. Y se muestra, al cabo, la raza
blanca, arios, semitas, caucasianos, etc., a la cual se concede una
antigüedad de 8.000 años lo menos. A esta raza tenemos la honra de
pertenecer, pero nadie nos asegura que no aparezca aún otra superior que
nos deje postergados y tamañitos, lo cual será muy desagradable. Sea
como sea, a pesar de los veinte millones de años que hace que apareció
la _monera_, no se ha de negar que estamos aún en el período primaveral
de este año máximo de que hemos hablado. ¿Qué progresos, qué maravillas,
qué nuevas creaciones no deben esperarse aún? Apenas si la humanidad ha
nacido. Yo he leído en un libro muy docto esta sentencia, que no
olvidaré nunca. «La humanidad, en su vida colectiva, no ha nacido aún.»

Todo este largo pasado que llevamos ya, el vivir en la primavera del año
máximo y el columbrar un extenso porvenir, esplendoroso y fecundo, no
debe, sin embargo, alegrarnos en demasía, ni menos ensoberbecernos.
Comparados nuestros veinte millones de años ya cumplidos, más otros
veinte millones que por lo menos durará aún la primavera de este
planeta, con otras primaveras y años máximos de otros planetas y de
otros más grandes sistemas solares, tal vez parezca más breve dicha
primavera que la ordinaria y menuda del año vulgar, que sólo dura tres
meses.

Cavilando yo días pasados sobre este asunto, y hallándome en el campo,
en soledad amena, en hondo valle circundado de rocas escarpadas, donde
había silencio, frescura y mil plantas, hierbas y flores, tuve despierto
un sueño, que parecía visión espiritual o intuición pura de algo real,
aunque para mí materialmente imperceptible.

Dentro de la superficie de un kilómetro cuadrado entendí que había
ciertas emanaciones sutiles de cierto fluido mil veces más tenue que el
aire; fluido que penetraba el aire todo, infundiéndose en los vacíos e
intersticios que dejan sus moléculas. Este fluido, que el hombre no
verá, ni pesará, ni sentirá jamás con sus sentidos, no se eleva más allá
de un kilómetro. Tenemos, pues, un kilómetro cúbico lleno de este fluido
tenue, desleído en el aire como perfumes o efluvios. Figureme, pues, mi
kilómetro cúbico como un mundo aparte, y vi que estaba poblado de un
linaje de silfos tan diminutos, que, si por descuido se tragase
cualquiera de ellos la más ruin molécula de aire, dicha molécula se le
atragantaría y quizás le ahogaría como a cualquiera de nosotros un hueso
de melocotón. Mi linaje de silfos respira, pues, el fluido tenue de que
he hablado. Con las moléculas del aire hacen los silfos mil primores, y
hasta juegan cuando son muchachos, disparándolas por medio de enormes
cerbatanas.

Fuera del kilómetro cúbico está para mis silfos lo infinito, desconocido
e insondable. Viven en una hora; pero su inteligencia es tan rápida y
tan sutil, que en esta hora tienen tiempo de sobra para instruirse,
enamorarse, propagarse, seguir una carrera, elevarse a las más altas
posiciones, legar un nombre ilustre a su legítima prole, y hasta
cansarse de la vida y apelar al suicidio. Un minuto para cualquiera de
ellos es mucho más que un año para cualquiera de nosotros. Sus poetas
componen versos desesperados y desengañados a los quince minutos de
nacer, y sus sabios inventan los más profundos y alambicados sistemas de
filosofía a los treinta minutos.

La voz de mis silfos es tan delgada, que sólo el fluido susodicho puede
trasmitirla en ondas sonoras. Sus palabras van tan prontas, que en un
segundo refiere un silfo una historia que el más conciso de nosotros
tardaría tres o cuatro horas en contar. Todo lo que entre nosotros es
extenso, es intenso entre los silfos. En las veinticuatro horas de
cualquier día se extiende la historia de los silfos, y es tan fecunda en
revoluciones, cambios, guerras y progresos, como la nuestra en los mil
ochocientos setenta y pico de años que median desde la Era cristiana
hasta el momento en que escribo.

Mis silfos tienen figura humana. Yo entiendo que toda alma, todo
pensamiento que informa un cuerpo, grande o chico, le da esta figura,
por ser la más hermosa.

La hermosura de mis silfos es tal, que si lográsemos fabricar un
microscopio bastante poderoso para llegar a verlos, envidiaríamos a los
varones y nos enamoraríamos desesperadamente de las hembras.

Están muy adelantados en civilización. Han tenido muchos profetas y
fundadores de religiones; pero ya va pasando entre ellos la edad de la
fe, y rayando la aurora de la edad de la razón.

Sus conocimientos históricos, sin mezcla de fábula, aquello que la
crítica más severa da por cierto, no pasa de noventa días, lo cual,
equivale a más de tres mil sucesivas generaciones. Y como un minuto para
ellos viene a equivaler a un año para nosotros, puede afirmarse que
ellos hacen subir la antigüedad de su civilización a más de 129.600
años. Más allá, yendo contra la corriente de los tiempos, los silfos no
ven claro; pero, si entre ellos hay un Darwin o un Haeckel, sin duda
colocará la aparición de la primera _monera_ del mundo silfídico a una
distancia proporcionalmente mucho mayor.

El concepto que forman del Universo es muy distinto del que formamos
nosotros. Y no porque su razón no concuerde con la nuestra, sino porque
son otros los datos de sus sentidos. No llegan con la vista al sol, ni a
la luna, ni a las estrellas, por donde los torrentes de luz ardorosa que
lanza sobre ellos el primero, y la luz tibia y plateada en que los baña
la luna, proceden para ellos de un manantial oculto. Así es que forman
mil hipótesis para explicarlo. Claro está que hay largos períodos
históricos de una luz, y largos períodos históricos de otra.

En su mundo hay seres animados, de proporciones tan gigantescas, que
nosotros ni siquiera las concebimos. Una avispa para ellos es más que lo
que sería para nosotros el Nevado de Sorata, si arrancándose él mismo de
cuajo, animándose y echando alas, se pusiese a volar y se nos mostrase
por el aire. Por fortuna, la excesiva pequeñez de los silfos y su
agilidad portentosa los salvan de tales monstruos.

Claro está que lo infinito es siempre lo infinito, así en la mente de un
silfo como en la mente de un hombre. En este punto, si nos contraemos a
la especulación racional, nuestros conceptos son iguales; pero en
contar, en extenderse a mayor número, en notar mayor cantidad, los
silfos nos ganan; penetran con sus sentidos, y ven y perciben abismos de
extensión, de tiempo, de volumen y de duraciones en lo infinitamente
pequeño, por donde lo mediano, lo mezquino para nosotros, su universo de
un kilómetro cúbico, es más ingente para ellos que toda la inmensidad de
los cielos para nosotros. Y no dejan por eso de poner más allá de su
universo lo infinito inexplorado.

Andan todos ellos muy soberbios con su cultura y con sus progresos, que
juzgan sin límites. Así como cuentan ya un pasado larguísimo, esperan un
porvenir más largo aún. Y es lo cierto que no se equivocan. Ellos
nacieron con esta última primavera y acabarán al fin del próximo otoño.
Ahora, que es verano, están en todo el auge de su grandeza. Lo mismo nos
sucede a nosotros.

¿Quién sabe si habrá seres, en comparación de los cuales seamos nosotros
lo que para nosotros son mis silfos? Y si alguno de estos seres llega a
averiguar que existimos, como yo he llegado a averiguar que existen
silfos tales, ¿no se reirá, o nos compadecerá, al ver que esperamos aún
tan largo porvenir? Los millones de años que llevamos de vida y los que
esperamos vivir aún, serán para él una primavera. Acaso, cuando vuelva
él de veranear o de bañarse en algunos baños de su mundo, encuentre ya
el nuestro desolado y hecho ruinas, y extinguida, nuestra efímera raza.
Pero no tendrá razón. Lo importante es la inteligencia, la cual no se
mide por varas, ni por kilómetros, ni por diámetros terrestres. Su
actividad, cuando es fecunda, puede condensar en un minuto más hechos,
más ideas, más creaciones, más gloria y más infierno, que otra
inteligencia reacia, perezosa y torpe, durante siglos de siglos.

Última moralidad. Todo es relativo, como decía D. Hermógenes. No hay
menos ni más. En el tiempo que he tardado yo en escribir este artículo
para cumplir mi imprudente promesa, un hombre de ingenio fecundo hubiera
sido capaz de escribir la historia de toda la raza humana; y, en menos
tiempo, mis silfos son capaces de realizar lo más importante de su
propia historia. No lo daré por muy seguro, porque no he llegado a
enterarme bien y no gusto de fantasear, pero es posible que mientras yo
he estado afanadísimo componiendo todas estas candideces e inocentadas,
a fin de salir del paso, mis silfos hayan fundado nuevos imperios,
creado constituciones, inventado filosofías y máquinas, y erigido
monumentos, en su sentir, imperecederos.

Tal consideración me avergüenza y humilla, en vez de llenarme de
vanidad; y, aunque no sea de silfos, sino de hombres como yo, el público
que ha de leerme, todavía le presento con grandísima desconfianza este
escrito, que no he tenido reposo, ni humor, ni tiempo para hacer más
breve.




LA CORDOBESA


El editor de esta obra tuvo la bondad de encomendarme, un siglo ha, uno
de sus artículos; y yo, como es natural, elegí la cordobesa, por ser la
provincia de Córdoba donde he nacido y me he criado.

Mi extremada desidia me ha impedido hasta ahora cumplir mi palabra de
escribirle. Tal vez para cohonestar esta falta me presentaba yo un
sinnúmero de dificultades y objeciones, por cuyo medio trataba de
condenar el pensamiento del editor, a fin de justificar mi tardanza en
contribuir a su realización con mi trabajo.

¿Qué diferencia esencial, ni siquiera qué diferencia accidental notable,
puede haber o hay pongo por caso, entre la cordobesa, la jaenense o la
sevillana? Allá en lo antiguo quizás la hubiese, porque no eran tan
fáciles las comunicaciones, y era más fácil el vivir aislado y
sedentario; pero en el día, en que, no ya los hombres y mujeres de
contiguas provincias, sino los de remotas naciones, longincuos países y
apartadísimos reinos, se ven y visitan con frecuencia, ¿cómo ha de
persistir esa variedad y distinción de tipos, dando ocasión a que se
describan mujeres que por sus costumbres, creencias, modos de sentir y
de pensar, fisonomía, continente y traje, se diferencien hasta el punto
de que las pinturas o descripciones que de ellas se hagan, varíen por el
asunto, y no sólo por el estilo del que pinta o describe? Además, me
decía yo, aunque el sello de casta y el de nacionalidad sean indelebles,
sin que acierte a borrarlos o a confundirlos la continua convivencia y
el íntimo comercio espiritual, en esta época en que tanto se escribe, se
lee y se viaja, en este siglo del vapor y la electricidad, del
ferro-carril y del telégrafo, todavía no logro persuadirme de que haya
también un sello de _provincialidad_, como hay sello de nación, de tribu
o de casta. Lo peculiar y lo castizo, en lo que tienen de exclusivas
estas calidades, provienen de divisiones que hizo la naturaleza misma, y
no de las divisiones administrativas o políticas, esto es, artificiales,
como son las divisiones por provincias. Malagueñas o sevillanas habrá,
sin duda, de casta y suelo más homogéneos con los de ciertas cordobesas,
que los de muchas cordobesas entre sí. Una mujer de Cuevas de San
Marcos, por ejemplo, debe parecerse más a otra de Rute, que una de Rute
a otra de Belalcázar, y más se parecerá la de Casariche a la de
Benamejí, que la de Benamejí a la de Almodóvar.

Harto se me alcanzaba que entre la gallega y la mujer de Cataluña, y
entre la manchega y la vizcaína habían de mediar radicales diferencias;
pero esto de que cada provincia, fuese la que fuese, había de tener un
tipo especial, se me hacía difícil de creer. Sólo salvaba yo la
monotonía de este libro y cifraba su variedad en el ingenio diverso de
cada escritor, en el sesgo que atinase a dar al asunto, y en lo singular
de su estilo, pensamientos y sentimientos.

Nunca pensé que el editor desease que escribiésemos una reseña erudita,
una serie de vidas de todas las mujeres célebres de cada provincia. Esto
sería quizás, no sólo ameno, sino ejemplar y didáctico; pero no se
trataba de esto, ni yo me hubiese comprometido a escribir mi artículo,
si de esto se tratase.



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